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Diarios del teletrabajo 6: el peligro de fliparse

25 marzo 2020 Diarios del teletrabajo


«Que le den al espectador medio», David Simon

Estos días HBO estrena La conjura contra América,  una miniserie de David Simon basada en el libro del genial Philip Roth. Simon es uno de los grandes popes de la televisión estadounidense en las últimas décadas, responsable de obras indispensables como The Wire Treme Show Me a Hero.  Su carrera, eso sí,  no comenzó en el mundo del espectáculo. Simon es hijo de un periodismo local a la antigua  usanza, el que merece la pena reivindicar, el que mamó durante doce años en la redacción del Baltimore Sun. Escuchar o leer a David Simon es siempre un placer. Su voz es la de un periodismo que ya no existe y que no está claro si en las circunstancias actuales podrá volver a existir, pero cuyo ideal no podemos dejar morir. En 1991 escribió Homicidio, un absorbente retrato de los agentes de la unidad de homicidios del Departamento de Policía de la ciudad más importante del estado de Maryland. Simon muestra a estos policías en toda su humanidad, con sus virtudes y defectos, haciendo frente a la ardua tarea de resolver asesinatos en una ciudad con unas cifras de violencia inconcebible para los estándares europeos. La sinrazón de muchos asesinatos es palpable, pero Simon va más allá y refleja la sinrazón que inunda en ocasiones la lucha contra el crimen. Fue este libro el que le abrió las puertas de la televisión. La NBC apostó por convertirlo en una serie que rompió moldes en el género policíaco. No se quedó ahí. En 2002 llegó a HBO The Wire, una de las mejores series de la historia. La mejor, sin discusión, si le preguntan a quien escribe estas líneas. The Wire no se parecía al resto de la televisión. Una serie en la que las tramas se cuecen a fuego lento, en la que la ciudad de Baltimore es un personaje más  (si no el principal protagonista) y una serie en las que las líneas que separan el bien del mal son tan difusas como en la vida misma. Lo que había visto empotrado con los agentes de homicidios le sirvió para construir unos policías complejos como Mcnulty o Bunk, y lo que había visto en las calles para escribir The Corner le sirvió para idear inolvidables ¿villanos? como Stringer Bell o el inclasificable Omar. The Wire ilustra como pocas ficciones la trastienda del American Way of life, expone las miserias de lo que entonces era un gigante con pies de barro y hoy es un imperio caído incapaz de asumir su decadencia.

Es una serie lenta, no nos vamos a engañar, y lo es porque no bebe de la televisión sino de la literatura. Preguntado en infinidad de ocasiones por el ritmo de su serie, recurre a la misma referencia: Moby Dick. Es en ese contexto en el que surge la frase con la que arrancábamos. «Que le den al espectador medio». Frase contundente pero muy fácil de malinterpretar. Habrá quien vea elitismo. Nada más lejos de la realidad.  La sentencia de Simon encierra el máximo respeto guardar a un espectador , a un lector, a un oyente. En definitiva, a los ciudadanos. Simon dice «que le den» a la generalizaciones tan absurdas que hoy en día se siguen haciendo sobre algo tan inabarcable como «la gente», dice que le den a la condescendencia y el paternalismo con el que tratan a la sociedad muchos productos de entretenimiento.  David Simon trata a sus espectadores como adultos capaces de enfrentarse a una historia compleja. No les mira desde arriba, les mira a los ojos.

A tenor de lo que estamos viendo estos días en torno a la crisis del COVID-19, resulta evidente que nos vendría muy bien que nuestros gobiernos e instituciones nos tratasen a los ciudadanos con el mismo respeto que David Simon trata a los espectadores de sus series. En una situación grave como la que vivimos, abundan los mensajes simplistas y se abusa de un lenguaje que trata al ciudadano como si fuese idiota. Se le obliga a capitular ante una situación esquizofrénica  en la que se le pide que se meta en el transporte público para ir a trabajar para acto seguido pedirle que se recluya en casa sin dilación por una cuestión de vida o muerte.  Hay que transmitir a la ciudadanía la gravedad de la situación, claro. Pero resulta evidente que la credibilidad de muchos portavoces está bajo mínimos, puesto que son los mismos que hace no mucho ( en las medidas de tiempo pre coronavirus, no en esta percepción temporal confinada en la que cada día es un año de perro) decían que esto iba a quedar en nada. Las lecciones hay que darlas desde la posición adecuada.

En este panorama de descrédito y convulsión, ganan peso los mensajes que primero deberíamos desterrar.  El Jemad se ha convertido, con sus apariciones diarias, en el comandante en jefe de la metáfora cuartelera. Munición, nunca mejor dicho, para enfrentar un problema complejo desde los más patéticos lugares comunes. El problema  no es tanto lo que diga este señor, que solo intenta aportar algunas certezas con las únicas herramientas (o armas) que conoce. El problema es que el mensaje está calando y si antes, en ese mundo pretérito de hace unas semanas, en cada barra de bar teníamos un entrenador de fútbol y un presidente del gobierno (o lehendakari, según las ambiciones y filiaciones nacionales de cada), ahora tenemos un policía en cada balcón. Y sobre todo, lo realmente conflictivo , lo que pasará factura de cara al futuro, es que tenemos a algunos miembros de las fuerzas del orden imbuidos por un espíritu de película hollywodiense de catástrofes con trazas de poli de peli de acción ochentera. Nuestras fuerzas del orden no pueden caer en discursos tremendistas, inundados de dramatismo y cercanos al chantaje emocional, más propios de El programa de Ana Rosa que de una institución que sirve al interés ciudadano. Hay que ser firme, faltaría más, pero también transmitir tranquilidad, cercanía y altura de miras. Porque el final de este oscuro tiempo llegará y no podemos salir rotos como sociedad.

Cuento todo esto porque ayer tuve que padecer un encuentro bastante desagradable con un miembro de nuestra policía municipal. No quiero entrar en demasiados detalles  por el respeto que profeso a la Policía Vasca, un respeto que verbalizado en lugares y ocasiones donde resultaba una opinión tremendamente impopular. Solo quiero detenerme en dos cuestiones. Los agentes de policía son autoridad legal, no moral. Por tanto, si han de sancionar, que sancionen, pero que se abstengan de cualquier tipo de juicio de valor que va mas allá de sus competencias. Y segundo, aunque no tengo ánimo de detenerme en cada uno de los argumentos falaces e insultantes a la inteligencia que entre otras cosas hicieron que mi pareja terminara llorando, hay uno que por el peligro que entraña no puedo dejar pasar. «Estamos salvando vidas» tuve que escuchar para justificar la airada sobreactuación. No, por ahí sí que no. Las vidas las salvan en los hospitales, con mucho esfuerzo, nuestros sanitarios. Expuestos en primera línea y, algunos, sin todas las garantías que necesitarían para realizar su vital labor. Solo faltaría que ahora les arrebatásemos ese mérito para dotar de épica lo que no deja de ser una tarea pedestre (también la mía como periodista, que somos muy dados también a la hipérbole). Los que nos quedamos en casa no estamos salvando ninguna vida. Estamos colaborando, en la medida de nuestras posibilidades, para que no colapse nuestro sistema sanitario y que una situación altamente complicada no se convierta en el caso absoluto. Y eso es aplicable para los que se encargan de que se cumplan las normas. Punto. Cuanto lo entendamos, mejor para todos. Trabajar para ganarse la vida es algo digno, no hace falta dotarlo de embellecerlo con heroicidades imaginarias ni adoptar poses de Harry el sucio de Hacendado. Porque un flipado puede ser peligroso, pero la mayoría de veces solo es risible. Pero una sociedad de flipados es una amenaza para nuestro futuro.


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