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Diarios del teletrabajo 8: Mirando al otro lado

28 marzo 2020 Diarios del teletrabajo


Este blog ha tenido una evolución emocional acorde con el impacto psicológico que, ya nos avisaban, puede tener un confinamiento. Al principio todo se tomaba con humor, chistes de twitter y ocio de balcón. Pero los días van pasando y todo se oscurece. No por el sacrificio, sino por la falta de expectativas para lo que viene después. Agotado el discurso de «una crisis es una oportunidad»,abandonada, por absurda, la idea de que esto nos iba a dar tiempo para «resetear» nuestra sociedad, nos golpea la evidencia de que cuando salgamos (que saldremos), lo haremos habiendo retrocedido en nuestros derechos, tanto laborales como sociales. Aunque dicen que estos momentos sacan lo mejor y lo peor de la gente, es lo peor lo que más huella deja. Nuestras más bajas pasiones han encontrado en este escenario el terreno perfecto para florecer. Los retrocesos en derechos, como pasó tras el 11-S o tras la gran crisis de 2008, no se desvanecerán cuando alcancemos eso que llamamos ambiguamente «normalidad».  Ya no salen los chistes porque las cifras aumentan y la gestión no termina de dar un paso adelante. Ya no salen los chistes porque la información espectacularizada induce al pánico. Como si estuviésemos en una película apocalíptica, o en una partida a gran escala de The Floor is Lava . Salvo, eso sí,  que tengas el «certificado», ese papel  más codiciado que los salvoconductos de Casablanca, por más que sean un concepto perverso y que, no se olviden, nuestra policía diga explícitamente  en sus criterios que no lo solicita. Paremos un momento a respirar ( no al ire libre, desaprensivo) y pensemos en lo que la existencia de estos certificados significaría (o significa, pues de facto se están usando). Cómo estarán nuestras cabezas en este estado de emergencia y pánico que hay quien ve como algo normal que sus derechos fundamentales pasen a ser administrados por su jefe.Eso sí es entrar en el terreno de la distopía. «Disculpe, señor agente, si no me cree que voy al trabajo, aquí tiene un papel del dueño de mi empresa que lo acredita». Ciudadanías de primera, segunda y amateur. Más preocupados por que los que los dueños saquen de paseo a sus perros que porque los empresarios saquen a pasear a sus trabajadores. Cada mesa, un Vietnam. Cada balcón, un Forocoches. Y mientras los mensajes institucionales ponen todo el peso en el ciudadano (No toques. ¿Por qué tocas) nos enteramos de que el Gobierno central le ha comprado unos test al vendedor ambulante de Top Secret.

Al menos, nos quedan las vistas.  Aunque tenía mis dudas, estamos bien situados para el confinamiento. Lástima que nuestra ciudad no permita demasiados puntos de fuga. Estar rodeado de montañas puede ser bonito, pero te deja sin horizontes (tómenlo literal o metafóricamente, según se sientan hoy). Sin embargo, por más que miremos a lo lejos, nuestra vista no alcanza para ver al otro lado del Atlántico. Como pareja intercontinental ( o mundialito, como le dicen ahora) estamos viviendo la pandemia  mirando al otro lado, pendientes de como evolucionan las cosas en Canadá.

Hoy hemos hablado con la familia de Phoebe, con sus abuelos por parte de padre y su oma por parte de padre. En ambos lados de la familia son inmigrantes (de hecho Phoebe es una canadiense de primera generación)y entienden lo difícil que es estar lejos de los seres queridos en momentos de crisis. Sus abuelos dejaron Escocia, y aunque ya son canadienses de pura cepa, conservan el acento y las costumbres ( sirven el mejor whiskey y el más delicioso shortbread que yo haya probado). Su oma es, como indica el apelativo, alemana. Una mujer fuerte, que vivió en los dos lados y que chapurrea algunas palabras en castellano, aprendidas para atender a los trabajadores españoles (previos al Vente a Alemania, Pepe) que acudían al hospital donde trabajaba como enfermera. Sabe lo que es irse a un país sin conocer el idioma, una experiencia que Phoebe replicó al llegar a Euskadi, y es todo un ejemplo de resiliencia. Es de gran ayuda hablar con alguien que las ha visto de todos los colores, que ha pasado por distintos momentos clave de la historia y que sabe con certeza que siempre terminamos por salir adelante.

Normalmente consumo mucha prensa canadiense.Intento siempre que puedo desayunar viendo The National el programa informativo emblema de la cadena pública CBC y durante el día escucho varios podcasts sobre la actualidad política y social del país.  Me lo tomo tan en serio que Phoebe suele bromear con que soy yo el que la mantiene informada sobre lo que sucede en su país. Pero estos días me es imposible. No se puede lidiar  con el COVID-19 por duplicado. Estamos pendientes de la información más importante, las comparecencias de Trudeau ( su gestión está reparando una imagen dañada a pesar de la reelección) y del Premier de Ontario Doug Ford, hermano de aquel mediático alcalde de Toronto, y que está comportándose por encima de lo esperado. Y sobre todo, estamos pendientes de la familia.

Me considero hijo de la cultura popular estadounidense, pero de unos años a esta parte, por románticas razones, he puesto los ojos al norte de la frontera. He devorado libros y he visto todo lo que he podido para aprender las peculiaridades de un país que más allá de los tópicos es un gran desconocido. Un país inmenso, inabarcable. Como vasco, me ha interesado sobremanera la relación entre Quebec y el gobierno federal. En mi último viaje volví con una copia de The Morning After, un brillante trabajo de Chantal Hébert sobre el referéndum de independencia de Quebec de 1995. Sobre Quebec y el federalismo canadiense se dicen muchas cosas en nuestro entorno (o se decían, ahora estamos todos a lo que hay que estar) y este libro nos da una visión equilibrada de un día que a punto estuvo de cambiar la historia. El libro no es sencillo de encontrar por aquí, pero este documental del CBC es también una buena manera de adentrarse en la materia. También he hecho acopio de libros sobre Hockey, no tanto sobre el deporte en sí mismo sino sobre su significado cultural. Mi referencia es Ken Dryden. Ganador de séis Stanley Cups con los Montreal Canadiens, escribió uno de los mejores libros deportivos de la historia, The Game. 

Tiene además un libro no tan exitoso pero relevante para los interesados en el papel del hockey en la sociedad canadiense, Home Game. El libro llegó acompañado de un documental que se puede encontrar fácilmente en Youtube pero si de verdad quieren pasar horas viendo documentales sobre hockey mi recomendación es Hockey: A People’s History, también de la CBC. Qué maravilla cuando las televisiones públicas cumplen con su función.

Aunque en estos días, estoy más por evadirme que por aprender. Por eso he recuperado de la estantería los cómics del Captain Canuck. Una creación de Ron Leishman y Richard Comely en 1975. Un superhéroe  chovinista, un trasunto norteño del Capitán América y que en su versión más moderna resulta una lectura agradable. En algo hay que refugiarse estos días. Bihar arte. Os dejo con Dizzy, pop desde la gran suburbia canadiense.

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