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Diarios del teletrabajo 9: Escenas de un pasado reciente y lejano

30 marzo 2020 Diarios del teletrabajo


Aunque nos parezca lo contrario, aunque gustemos de quejarnos, tenemos una considerable capacidad de adaptación. No hay más que ver, como está superando el común de los mortales está manejando este periodo excepcional que nos ha tocado vivir. Si bien ciertos medios gustan de mostrarnos casos anecdóticos y pintorescos (ya sabemos que parte del discurso se centra en poner el foco en el ciudadano) por el momento quién más , quién menos, se conforma con el ocio de balcón y con meterle horas a la pila de libros sin leer o al inabarcable catálogo de las plataformas de cine y series. Es una nueva rutina y la incorporamos de la misma manera que hicimos con la anterior, que no por tener momentos al aire libre dejaba de ser alienante.

La excepcionalidad, sin embargo, se deja sentir en todos los ámbitos de nuestra vida. El otro día, comentaba mi compañera Jess que se le hacía extraño ver cosas filmadas antes del COVID-19. Una observación muy pertinente, pues refleja muy bien un estado de ánimo colectivo marcado por la existencia de un pasado reciente a la par que lejano, un presente que es pura conmoción y futuro que se puede calificar, en el mejor de los casos y sin dejarnos llevar por el pesimismo, de incierto. Hace un mes es hace un siglo. Dentro de un mes es Blade Runner (la segunda, la de 2049. La original ya fue el año pasado).

Me acordé de esa apreciación viendo la serie documental El día menos pensado, en la que se muestra desde dentro la temporada pasada del Movistar Team. Ahora que toma fuerza la posibilidad de que el Tour de este año sea a puerta cerrada, uno mira con nostalgia las estampas ciclistas recogidas en esta producción que se puede ver en Netflix y en Movistar. Carreteras llenas, ciclistas pasando por los estrechos pasillos que se abren en las mareas humanas que cubren los puertos. Podios con besos, o al menos con contacto físico. Fans que se acercan a pedir un autógrafo o que rodean con el brazo a su ídolo para sacarse un selfie. Esos éramos nosotros hace no tanto. Si lo vintage reconforta, la mirada al pasado reciente, perturba. Todo ha ido muy rápido. ¿Cuánto tardaremos en volver a ser? La canción viral (¿seguiremos usando esta palabra con connotación positiva?) de Lucía  Gil afirma tajantemente que «Volveremos a brindar». Yo, como decía el lema de los de los OVNIs, «Quiero creer».

La serie logra el que suele ser el objetivo principal de estos proyectos: mostrar parte de la intimidad del equipo, sin pasarse, y haciendo que todos resulten simpáticos. Nairo y Landa dan sus versiones y ambas resultan comprensibles. Aparece también Eusebio Unzué, siempre tranquilo. Un hombre que encaja las críticas con cintura y que, no lo olvidemos, dirige la estructura más longeva del ciclismo profesional. Por algo será. Y, aún así, ninguno de ellos es la estrella. Ese honor recae en José Vicente García Acosta, el mítico Chente. El de Tafalla fue profesional en la estructura navarra entre y es ahora director en el equipo telefónico. Nos regala los mejores momentos de la serie porque nadie transmite tanta autenticidad como él. En estos tiempos convulsos, el torrente de humanidad de Chente es una invitación a creer en el ser humano, con sus virtudes y defectos.

 Y si no, busquemos confort en los superhéroes. Este fin de semana hemos visto las dos últimas entregas de la saga de Los Vengadores. Mi emocionada conclusión fue clara: no podemos dejar que esta crisis nos arrebate el tipo de sociedad que permitió crear el universo Marvel. No resulta demasiado popular hoy en día glosar las virtudes de los Estados Unidos de América, pero Stan Lee representa la grandeza yanqui, la cara A del sueño americano (la B era The Wire, recuerden) y sus personajes son receptores de un idealismo que explica al mundo no lo que es América ( así lo dirías ellos con su pulsión imperialista) sino lo que podría llegar a ser. Visto de esta manera, Stan Lee y Aaron Sorkin son creadores emparentados.

Todo esto no lo dije así, lo dije de una manera que seguramente no gustaría a la Embajada de la República Popular China y lo hice llorando que no es sino la reacción común a ese final, sobre todo si uno está sometido al carrusel emocional del confinamiento. Permítanme la brocha gorda sociológica, resumiendo mucho, lo que vine a pensar después de ver Endgame es que quiero salir de esta crisis más americano que chino.

Endgame es una película de nuestro antes muy relevante para nuestro ahora. Incluso las disquisiciones sobre viajes en el tiempo nos podrían resultar de ayuda para entender los peligros de querer replicar lo que nos trajo hasta aquí.  Y ese final. Nada me ha hecho sentir tan reconfortado en estos días, y a su vez tan vulnerable, como el discurso final de Tony Stark.

ALERTA SPOILERS:

 

«Todo el mundo quiere un final feliz, ¿verdad? Pero no siempre sucede de esa manera. Quizás esta vez. Espero que si escuchas esto… sea durante la celebración. Espero que las familias estén reunidas. Espero que lo hayamos recuperado, como si se hubiera restaurado una versión normal del planeta, si es que alguna vez existió tal cosa.

Dios, qué mundo. Universo ahora. Si me dijeras hace 10 años que no estábamos solos, mucho menos hasta qué punto … Quiero decir, no me hubiera sorprendido. Pero vamos, ya sabes. Esas fuerzas épicas de oscuridad y luz que han entrado en juego. Y para bien o para mal, esa es la realidad en la que Morgan va a crecer:»

Poco más se puede añadir. Bihar arte.

 

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