Tres leyendas mundiales ¿irrepetibles?

Solo hay tres ejemplos de entrenadores que hayan ganado un mundial como técnico y futbolista
Tres leyendas mundiales ¿irrepetibles?
Copa del Mundo / Europa Press
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La Copa del Mundo de EE.UU, Canadá y México será la vigésimo tercera de la historia. Han pasado 96 años desde la primera cita mundialista que ganó Uruguay. A partir de ahí se han ido construyendo muchas historias curiosas sobre la identidad, capacidad de superación y récords.

Si ganar un Mundial es muy difícil (solo hay 8 ganadores a lo largo de las 22 ediciones disputadas) imagínense hacerlo como jugador y como seleccionador. Es algo tan improbable que solo ha sucedido en tres ocasiones en toda la historia. Vamos a repasarlos.

Mário Zagallo, el «Lobo» supersticioso que inventó el éxito

El socio fundador de este club no podía ser otro que un brasileño. Mário Jorge Lobo Zagallo no solo forma parte de esta lista, sino que es el hombre con más títulos mundiales de la historia. Como jugador, era un extremo izquierdo incansable y tácticamente superdotado que ayudó a Pelé a conquistar los mundiales de Suecia 1958 y Chile 1962. Solo ocho años después de retirarse, con apenas 38 años y tras una crisis en el banquillo de la Canarinha, asumió el mando para dirigir en México 1970 al que muchos consideran el mejor equipo de todos los tiempos.

La curiosidad: Zagallo era un hombre extremadamente supersticioso y tenía una obsesión enfermiza con el número 13. Creía que le traía buena suerte (algo raro en Occidente). De hecho, se dio cuenta de que «Argentina Campeón» tenía 16 letras, pero «Brasil Campeón» sumaba exactamente 13. Además, asumió como seleccionador en 1970 un día 13. Por si fuera poco, en 1994 volvió a ganar el Mundial como asistente técnico de Carlos Alberto Parreira. Sumando su palmarés, ¡estuvo involucrado en cuatro de las cinco estrellas de Brasil.

Franz Beckenbauer, el «Káiser» que gobernó con el hombro roto

Alemania es sinónimo de mentalidad de hierro, y nadie representa mejor ese espíritu competitivo que Franz Beckenbauer. Elegante, majestuoso y con una lectura de juego que iba tres jugadas por delante del resto, el ‘Káiser’ reinventó la posición de líbero. En su propio país, en 1974, capitaneó a la República Federal Alemana para tumbar en la final a la mítica ‘Naranja Mecánica’ de Johan Cruyff. Dieciséis años más tarde, en el Mundial de Italia 1990, se tomó la revancha desde el banquillo tras haber perdido la final anterior, guiando a la Alemania de Lothar Matthäus a la gloria eterna tras vencer a la Argentina de Maradona en Roma.

La curiosidad: La leyenda de Beckenbauer en los Mundiales se forjó a base de un umbral del dolor inhumano. En el famoso «Partido del Siglo» de México 1970 (las semifinales contra Italia), Franz se dislocó el hombro derecho. Como Alemania ya había agotado todos los cambios permitidos, el alemán se negó a abandonar el campo. Jugó toda la prórroga con el brazo completamente vendado y pegado al cuerpo. Aunque perdieron ese partido, esa imagen de resistencia mítica anticipó al líder que años después ganaría el mundo desde el césped y la banda.

Didier Deschamps, el general silencioso de la Francia moderna

El último en derribar la puerta de este olimpo futbolístico fue el francés Didier Deschamps. Quizá no tenía la magia de Zagallo ni la elegancia aristocrática de Beckenbauer, pero a pulso, orden y liderazgo pocos le ganan en la historia contemporánea. Deschamps era el pulmón y el capitán del mediocampo de aquella mítica generación francesa que tocó la gloria por primera vez en París, goleando a Brasil en la final de 1998. Exactamente dos décadas después, en Rusia 2018, repitió la hazaña desde el banquillo, gestionando con mano de hierro un vestuario lleno de egos y estrellas como Mbappé y Griezmann para bordar la segunda estrella en el pecho de Les Bleus.

La curiosidad: Durante su época de jugador, el genial exfutbolista Eric Cantona, conocido por no morderse la lengua, despreciaba el estilo de juego de Deschamps y lo apodó despectivamente «el portador de agua», insinuando que su único trabajo era robar el balón y pasárselo a los talentosos como Zidane. Deschamps nunca respondió con malas palabras; prefirió responder levantando la Copa del Mundo como capitán y, veinte años después, como entrenador. Al final, el «portador de agua» acabó bañándose en oro dos veces.

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