Hay algo peor que equivocarse: reconocer el error y decidir que no pasa nada. O, mejor dicho, que no pasa nada para quien se ha equivocado. Porque para quien lo ha sufrido sí pasa. Y mucho. Eso es exactamente lo que acaba de ocurrir con Yuri Berchiche y el Athletic.
El Comité Técnico de Árbitros ha reconocido que la expulsión del lateral rojiblanco ante el Sevilla fue un «error claro y manifiesto». No dice que la acción admita dos interpretaciones. No considera que la roja fuese rigurosa. Ni siquiera sostiene que pudiera ser amarilla.
Falta y nada más
«Tiro libre directo sin tarjeta». Y añade algo todavía más importante: «El VAR debió intervenir». Es decir, falló el árbitro y falló también el mecanismo creado precisamente para corregir los errores claros del árbitro. Hasta aquí, fútbol. Los árbitros se equivocan. Los futbolistas se equivocan. Los entrenadores se equivocan. Los periodistas nos equivocamos. Forma parte del juego y de cualquier actividad humana.
El problema empieza después. Porque Yuri fue expulsado en el minuto 11, el Athletic tuvo que disputar prácticamente todo el partido con diez jugadores y acabó perdiendo 1-3. Eso ya no tiene solución. Nadie puede devolver al Athletic aquellos minutos ni sabemos qué habría ocurrido once contra once.
Pero existe una consecuencia del error que sí puede repararse: La sanción a Yuri. Y resulta que esa se mantiene. Ahí es donde resulta muy difícil entender el fútbol que han construido sus dirigentes. El Comité de Disciplina había rechazado el recurso del Athletic porque, según su resolución, no existía una prueba concluyente que demostrase un «error material manifiesto». Horas después, el propio Comité Técnico de Árbitros de la Federación calificaba la decisión precisamente como un «error claro y manifiesto».
Lean las dos cosas seguidas. Cuesta encontrar una explicación que un aficionado pueda comprender. El fútbol español presume de transparencia. El CTA publica vídeos explicando las decisiones arbitrales, analiza las jugadas polémicas y reconoce públicamente cuándo sus colegiados aciertan y cuándo se equivocan. Perfecto. Pero la transparencia sirve de bastante poco si reconocer un error no permite corregir aquello que todavía puede corregirse. De lo contrario entramos en una especie de justicia absurda: Sí, nos hemos equivocado. Sí, usted no debía haber sido expulsado. Sí, el VAR tenía que haber corregido la decisión. Pero ahora cumpla usted la sanción derivada de nuestro error.
¿De verdad alguien considera esto razonable?
Yuri ya pagó una parte enorme de la equivocación. Se marchó al vestuario a los once minutos. Sus compañeros jugaron con uno menos. El partido quedó condicionado por una decisión que ahora sabemos, porque así lo reconoce el propio CTA, que nunca debió producirse. Eso es irreparable. Precisamente por eso resulta todavía más incomprensible mantener aquello que sí es reparable. Y además aparece inevitablemente otra cuestión, mucho más incómoda. La sensación de que no todos pesan lo mismo.
No hace falta afirmar que exista una voluntad deliberada de perjudicar al Athletic. Yo no lo creo. Tampoco hace falta recurrir a conspiraciones arbitrales. Pero quienes gobiernan el fútbol deberían preocuparse muchísimo por la imagen que proyectan sus decisiones. Porque cuando un organismo reconoce oficialmente que un futbolista nunca debió ver una tarjeta y ese mismo futbolista tiene que cumplir el partido de sanción, el mensaje que recibe el aficionado es demoledor.
Y surge una pregunta inevitable: ¿Ocurriría exactamente lo mismo si el afectado fuese una gran estrella del Real Madrid o del Barcelona antes de un partido decisivo? La respuesta debería ser irrelevante. Las normas deben ofrecer las mismas garantías a todos. Pero que esa pregunta aparezca ya constituye un problema para la credibilidad de la competición. Porque el Athletic afrontará ahora su partido ante el FC Barcelona sin Yuri. No porque esté lesionado. No porque haya acumulado tarjetas. No porque cometiese una acción merecedora de expulsión. Estará fuera por una tarjeta roja que el propio Comité Técnico de Árbitros dice que nunca debió existir. Resulta difícil encontrar una mejor definición de indefensión deportiva.
No protege al árbitro
Se habla constantemente de proteger al árbitro. Y hay que hacerlo. Hay que protegerle de insultos, amenazas, presiones y de esa insoportable costumbre del fútbol de convertir cada equivocación en una sospecha de corrupción. Pero proteger al árbitro no puede significar convertir sus errores en irreversibles incluso cuando el propio sistema los reconoce.
Eso no protege al arbitraje. Lo desacredita. La tecnología llegó al fútbol con una promesa: corregir los errores claros y manifiestos. En San Mamés hubo uno. El VAR no lo corrigió. Después, el organismo arbitral lo ha reconocido. Tenemos, por tanto, algo verdaderamente extraordinario: un error claro y manifiesto reconocido como tal que continúa produciendo consecuencias como si nunca hubiese sido reconocido. ¿Para qué sirve entonces reconocerlo?
¿Para un vídeo?
¿Para decir que el sistema es transparente?
¿Para cerrar el debate arbitral de la jornada?
La verdadera transparencia no consiste solamente en explicar que te has equivocado. Consiste en asumir las consecuencias de haberte equivocado y reparar aquello que todavía puedas reparar. El resultado del Athletic-Sevilla no puede cambiarse. Los ochenta minutos largos jugando con diez tampoco. Pero que Yuri pueda jugar el siguiente partido sí está todavía en manos del fútbol. Y si las normas actuales impiden retirar esa sanción después de que el propio CTA haya determinado que la expulsión fue incorrecta, quizá el problema ya no sea únicamente una tarjeta roja. Quizá lo que haya que cambiar sean las normas. Porque ningún sistema serio puede pedir respeto a sus decisiones mientras sostiene al mismo tiempo dos afirmaciones incompatibles:
Nos equivocamos. Pero usted paga.