Cuenta la leyenda que tribus aborígenes como los zuni y otras culturas nativas de Norteamérica, como los navajos o los hopis, no quieren ser fotografíados porque consideran que la cámara es capaz de capturar, fragmentar o robar una parte de tu alma. Pienso que tienen razón.
Esta semana, la precampaña electoral en España ha cruzado una línea roja que el rastrero de Donald Trump ya viene sobrepasando desde hace mucho tiempo. Bien pensado, el presidente Risketo ha sobrepasado tantas líneas rojas que empiezo a pensar que las usa para la confección de la roja corbata que se anuda al cuello cada mañana con el propósito de cortarse el flujo de oxígeno al cerebro, no sea que un riego normalizado le haga comportarse de manera razonable. En su día, Trump reconstruyó con Inteligencia Artificial a la franja de Gaza, reconvertida en un resort de lujo para jubilados yankis asentado sobre los cimientos de cuerpos asesinados de palestinos. También generó una imagen de sí mismo representando a Jesucristo que más allá de los católicos, ofendió hasta a los budistas y que sin embargo, uy, qué sorpresa, no encendió las alarmas de los siempre dispuestos Abogados Cristianos.
De su escuela han aprendido los responsables de la campaña del Partido Popular, que han usado la Inteligencia Artificial para un vídeo en el que recrean a Zapatero y a Ábalos reconociendo que ser zurdo es ser un caradura. Por supuesto también han colgado la representación de Begoña Gómez, porque si no tiene un buen punto de machismo rancio, al PP no le divierte tanto el montaje. La IA, usada sobre la imagen de las mujeres caracterizadas como objetos, y a poder ser medio desnudas y tetonas, se está convirtiendo en un arma de violencia machista que por cierto, según los datos, utilizan también los pedófilos para generar sus imágenes favoritas con las imágenes de los niños que aún muchos padres muestran en las redes sociales, intentando arrebatar a los más vulnerables su privacidad, su seguridad y, como temían los navajos nativos americanos, hasta su propia alma.
Yo ya sé que este Halloween, esta Arimen Gaua, triunfarán los disfraces de brujas, monstruos y fantasmas, pero os juro que si algún disfraz me da verdadero desasosiego, es la careta de niño bueno que gasta Mark Zuckerberg, que acaba de ser condenado a pagar 25mil millones de dólares por engañar a los usuarios con sus políticas de privacidad en hasta 43 millones de ocasiones. Y hasta le ha salido rentable: cada vez que colgamos una fotografía de nuestra cara o la de nuestros peques, le estamos regalando un mapeo exhaustivo de cada poro de nuestra piel para poder entrenar a su IA, alimentando al monstruo que no se esconde ni bajo la cama ni en el armario, sino en el móvil que descansa en nuestra mesita de noche junto al invisalign. A ver si no era infundado el miedo de los nativos, y con nuestra imagen, sí que se quieren llevar parte de nosotros.
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