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Cartas que cambian destinos. Del amor al juego en la ópera

Margarita Lorenzo de Reizabal

Podcast Cultura

Cartas que cambian destinos. Del amor al juego en la ópera

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Hoy vamos a hablar de cartas. Sí, de cartas. De esas que se escribían a mano, se doblaban cuidadosamente, se introducían en un sobre y emprendían un viaje que podía durar días, semanas o incluso meses. Cartas de amor, de despedida, de confesión, de amenaza o de engaño. Cartas que se esperaban con impaciencia, que se leían una y otra vez, que se escondían en un cajón o que terminaban destruidas entre lágrimas.

Pero también hablaremos de otras cartas, las que se barajan, se reparten y se colocan sobre una mesa de juego. Esas que, en determinadas circunstancias, pueden valer una fortuna, provocar una ruina o incluso decidir sobre la vida y la muerte.

Y es que, aunque parezcan objetos modestos, las cartas han desempeñado un papel extraordinario en la historia de la ópera. A veces basta una hoja de papel para desencadenar una tragedia. Otras veces, unas cuantas cartas de la baraja son suficientes para revelar el carácter de un personaje, poner al descubierto sus obsesiones o precipitar su destino.

Pensemos por un momento en el mundo anterior al teléfono, al correo electrónico y a los mensajes instantáneos. Durante siglos, escribir una carta era una de las pocas maneras de comunicar sentimientos que no podían expresarse personalmente. Una declaración amorosa podía exigir días de reflexión antes de quedar plasmada sobre el papel. Y una vez enviada, ya no había manera de recuperarla. El destinatario podía responder, guardar silencio, rechazarla o, peor todavía, permitir que llegara a manos de alguien que jamás debería haberla leído.

Los libretistas de ópera comprendieron muy pronto las posibilidades teatrales de este recurso. Una carta permite introducir información que algunos personajes conocen y otros ignoran. Puede provocar un malentendido, desenmascarar una mentira, despertar unos celos o revelar un secreto. Y todo ello sin necesidad de grandes acontecimientos escénicos. Basta con que alguien abra un sobre y comience a leer.

Pero hay algo todavía más interesante: la música puede contarnos lo que las palabras escritas no dicen.

Cuando un personaje lee una carta, el compositor tiene la posibilidad de mostrarnos simultáneamente el contenido del mensaje y la reacción emocional de quien lo recibe. Una melodía puede expresar esperanza mientras la orquesta anuncia una desgracia. Una armonía inesperada puede revelar el miedo que el personaje intenta ocultar. Y un silencio puede resultar más elocuente que cualquier declaración.

En ocasiones, incluso asistimos al proceso de escribir la carta. Es lo que sucede en una de las escenas más conmovedoras de toda la literatura operística, cuando una joven enamorada intenta encontrar las palabras adecuadas para confesar sus sentimientos. La pluma se detiene, las frases se interrumpen, la emoción desborda a quien escribe… y la música convierte esa intimidad en una experiencia compartida con todo el teatro.

Naturalmente, no todas las cartas operísticas son tan sinceras. Algunas contienen mentiras cuidadosamente elaboradas. Otras se escriben con la intención de engañar a alguien, y hay personajes tan poco imaginativos que llegan a enviar exactamente la misma declaración amorosa a dos mujeres diferentes. Como pueden imaginar, semejante imprudencia no suele terminar demasiado bien para el remitente.

Pero hoy vamos a dar un paso más, porque la palabra carta nos permitirá entrar también en el mundo del azar, de las apuestas y de la superstición.

Las cartas de la baraja poseen una capacidad dramática muy particular: introducen la incertidumbre. Nadie sabe con seguridad qué carta aparecerá, qué combinación tendrá el adversario o cuál será el resultado de la siguiente jugada. Y esa incertidumbre, que en una partida corriente puede resultar simplemente entretenida, adquiere una intensidad extraordinaria cuando lo que está en juego es el amor, la libertad o la propia existencia.

Algunos compositores han utilizado las cartas como símbolo del destino. En sus óperas, los personajes creen descubrir en ellas un futuro que parece inevitable. Otros, por el contrario, intentan dominar el azar, convencidos de que existe algún secreto capaz de garantizarles la victoria. Y también encontraremos a quien, cuando comprende que las reglas del juego conducen a la derrota, decide cambiarlas discretamente en su propio beneficio.

Mozart, Verdi, Chaikovski, Massenet, Bizet y Puccini serán nuestros compañeros de viaje en este recorrido. Siete escenas, siete situaciones muy diferentes y un elemento común: unas cartas que, de una manera u otra, alteran el curso de los acontecimientos.

Comenzaremos con una carta que nace de una conspiración amorosa, en una de las comedias más inteligentes y deliciosas de Mozart. Después descubriremos que ciertos caballeros deberían prestar más atención a su correspondencia antes de enviarla. Nos emocionaremos con las palabras de una joven que se atreve a confesar su amor y con las de un hombre cuya ausencia se hace insoportable. Y, poco a poco, las cartas escritas dejarán paso a las cartas de la baraja, hasta llegar a una partida en la que una mujer se juega algo infinitamente más valioso que el dinero.

Porque en la ópera, amigas y amigos, una carta nunca es simplemente una carta. Puede ser una promesa, una traición, una esperanza, una sentencia o una última oportunidad. Y hoy vamos a comprobar que, tanto si se escribe con tinta como si se sostiene entre los dedos de un jugador, una carta puede cambiar absolutamente todo.


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