En cuanto uno se pregunta por qué una música nos gusta, por qué otra nos conmueve, por qué algunas nos tranquilizan y otras consiguen ponernos literalmente la piel de gallina, entramos en uno de los territorios más fascinantes de la experiencia humana: el de las emociones.
Pero hay una paradoja especialmente interesante. Cuando algo nos produce dolor solemos evitarlo. Cuando una situación nos genera miedo intentamos alejarnos de ella. Si una persona nos entristece, procuramos no buscarla continuamente. Y, sin embargo, con la música hacemos exactamente lo contrario: elegimos músicas tristes, volvemos voluntariamente a ellas, permitimos que nos emocionen e incluso disfrutamos de esa emoción. La Psicología de la Música lleva décadas intentando comprender esta aparente contradicción y una de las primeras precauciones consiste en distinguir dos cosas que en la conversación cotidiana solemos confundir: la emoción que percibimos en una música y la emoción que esa música provoca realmente en nosotros.
Una obra puede parecernos profundamente triste sin que nosotros estemos tristes. Podemos reconocer tristeza en una melodía y sentir, al mismo tiempo, placer, ternura o nostalgia. Patrik Juslin, uno de los investigadores más importantes en el estudio psicológico de las emociones musicales, ha insistido precisamente en esa diferencia entre emoción percibida y emoción inducida. Los estudios muestran que ambas pueden coincidir, pero no tienen por qué hacerlo. Incluso se ha comprobado experimentalmente que determinadas músicas percibidas como tristes pueden producir experiencias subjetivamente agradables en quien las escucha. Así que, cuando dentro de unos minutos hablemos de alegría, serenidad, melancolía o pasión, conviene mantener una pequeña precaución: no estaremos afirmando que todos ustedes vayan a sentir exactamente lo mismo. La música propone un territorio emocional; después cada oyente entra en él con su memoria, su cultura y su propia biografía.
La Psicología de la Música nos ayuda a comprender algunas cosas. Sabemos que determinados parámetros musicales contribuyen a la percepción de carácter emocional. Sabemos que nuestro cerebro formula expectativas mientras escucha. Sabemos que una música puede desencadenar respuestas corporales reales —escalofríos, lágrimas, cambios en la respiración— y sabemos también que la emoción que percibimos en una música no tiene por qué coincidir con la emoción que sentimos nosotros. Pero, afortunadamente, saber todo esto no elimina el misterio.
Porque después aparece cada oyente.Su infancia. Sus recuerdos. Las personas a las que ha querido. Los lugares en los que ha vivido. Las músicas que escuchaban sus padres. La melodía que sonaba en determinado momento de su vida. El concierto al que asistió con alguien. La canción que llevaba años sin escuchar y que de pronto vuelve. Y entonces una sucesión de sonidos deja de ser solamente una estructura acústica y se convierte en experiencia personal.
Quizá por eso podemos escuchar una misma obra cientos de veces y no escucharla nunca exactamente igual. Las notas permanecen, pero nosotros cambiamos. Y cuando regresamos a esa música después de algunos años, creemos descubrir cosas nuevas en ella cuando, tal vez, una parte de lo que estamos descubriendo es quiénes somos ahora.
Por eso me gusta especialmente que comencemos esta temporada hablando del placer de escuchar. No del deber de escuchar, ni de lo que deberíamos conocer, ni de las obras que supuestamente hay que admirar para demostrar que somos personas cultas. Escuchar por curiosidad. Escuchar porque algo nos conmueve. Escuchar una música que ya conocemos y preguntarnos por qué seguimos volviendo a ella.
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