La alegría en la música

Margarita Lorenzo de Reizabal

Podcast Cultura

La alegría en la música

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La alegría no ha sido entendida del mismo modo en todas las épocas. Para los hombres y mujeres del siglo XVIII, la felicidad estaba asociada a la razón, al equilibrio y a la armonía social. Para los románticos del siglo XIX, podía encontrarse en la imaginación, en la naturaleza o en la afirmación apasionada de la individualidad. Para los nacionalistas musicales, la alegría residía muchas veces en la fiesta popular, en las danzas tradicionales o en la identidad compartida de una comunidad. Y para los compositores del siglo XX, después de dos guerras mundiales, la alegría se convirtió con frecuencia en una conquista, en una forma de resistencia frente a las dificultades del mundo moderno.

La música ha celebrado coronaciones, bodas, carnavales y fiestas populares. Ha acompañado bailes y reuniones sociales. Ha servido para exaltar victorias militares y también para expresar la felicidad íntima de una persona. A veces ha sido brillante y espectacular; otras veces delicada y serena.

Esta tarde vamos a realizar un viaje por más de ciento cincuenta años de historia musical para descubrir cómo distintos compositores entendieron la alegría y cómo la transformaron en sonido.

La alegría ilustrada de Mozart todavía confía en la razón.Pero apenas unas décadas más tarde Europa habrá cambiado profundamente.La Revolución Francesa habrá transformado el panorama político del continente.Napoleón habrá sacudido las viejas estructuras de poder.Y en los teatros italianos comenzará a triunfar un joven compositor cuya música parece sonreír permanentemente.

Su nombre era Gioachino Rossini.

Pocas figuras han conocido un éxito tan fulgurante como el de Rossini.A comienzos del siglo XIX Europa entera parecía rendida a su talento.

Las óperas se representaban de ciudad en ciudad con una rapidez extraordinaria. Los cantantes querían interpretar sus partituras. Los empresarios competían por contratarle. El público acudía masivamente a los teatros para escuchar sus novedades.

Muchos historiadores consideran que Rossini fue el primer compositor convertido en auténtica celebridad internacional. Cuando estrenó La italiana en Argel tenía apenas veintiún años. La juventud del compositor resulta casi difícil de creer si pensamos en la seguridad teatral y en la perfección técnica de la obra.

Italia vivía entonces una auténtica pasión por la ópera. Los teatros constituían el principal centro de la vida social y cultural. Allí se iba tanto a escuchar música como a ver y ser visto. La ópera era entretenimiento, espectáculo y acontecimiento público. Rossini comprendió mejor que nadie lo que esperaba el público de su tiempo.

La alegría que encontramos en Mozart y Rossini tiene todavía mucho que ver con el teatro. En ambos casos nace de personajes ingeniosos, de situaciones cómicas y de una visión relativamente optimista de la naturaleza humana. Sin embargo, a comienzos del siglo XIX Europa había cambiado profundamente. La Revolución Francesa había alterado para siempre el panorama político del continente y las guerras napoleónicas habían dejado una huella profunda en millones de personas. La música ya no podía limitarse a entretener o divertir; muchos compositores comenzaron a atribuirle una dimensión moral y filosófica mucho más ambiciosa. Entre ellos, ninguno tuvo una influencia comparable a la de Ludwig van Beethoven, una figura que marcó la transición entre el mundo clásico y el romántico y que convirtió la creación musical en una forma de reflexión sobre la condición humana.

La alegría de Beethoven posee una dimensión heroica. Es una alegría conquistada, fruto del esfuerzo y de la voluntad. Sin embargo, el Romanticismo también descubrió otras formas de felicidad menos ligadas a la lucha y más relacionadas con la imaginación, la fantasía y la capacidad de asombro. Los románticos encontraron en la literatura, en la naturaleza y en los mundos imaginarios una fuente inagotable de inspiración. Y pocos compositores representaron mejor esa sensibilidad que Felix Mendelssohn.

Si la alegría de Beethoven era una conquista moral frente a la adversidad, la de Mendelssohn nace de la imaginación. Es la alegría del juego, de la fantasía y de la capacidad de contemplar el mundo con ojos nuevos. En una época marcada por las transformaciones sociales de la Revolución Industrial, la música de El sueño de una noche de verano recordaba a los oyentes que también existía un espacio para el sueño, la poesía y el encanto de lo imposible.

Hasta ahora hemos visto cómo la alegría podía expresarse a través de la inteligencia en Mozart, del humor en Rossini, de la afirmación vital en Beethoven o de la fantasía en Mendelssohn. Sin embargo, durante la segunda mitad del siglo XIX comenzó a adquirir una dimensión cada vez más social. La música dejó de ser únicamente una experiencia de los teatros de ópera o de las salas de conciertos para convertirse también en la banda sonora de una nueva vida urbana. Las grandes ciudades europeas crecían, surgían nuevas formas de ocio y miles de personas acudían a bailes, cafés, jardines musicales y celebraciones públicas. En ese contexto, la alegría encontró una de sus expresiones más características en la danza.

En ese ambiente nació y desarrolló su carrera Johann Strauss hijo. Su padre había sido también compositor y director de orquesta, pero el joven Strauss terminó superándolo hasta convertirse en una auténtica institución nacional. Con el tiempo sería conocido como el «Rey del Vals», un título que aún hoy nadie discute, valses y polkas, marchas y música alegre siempre.

A lo largo de nuestro recorrido hemos comprobado cómo la idea de alegría ha ido transformándose con el paso de los siglos. La encontramos en la confianza ilustrada de Mozart, en el humor teatral de Rossini, en la energía moral de Beethoven, en la imaginación romántica de Mendelssohn, en los bailes vieneses de Strauss, en las celebraciones populares de Dvořák y en la vitalidad mediterránea de Falla. Sin embargo, el siglo XX obligó a replantear muchas de las certezas heredadas. Dos guerras mundiales, crisis económicas, totalitarismos y profundos cambios sociales modificaron la manera en que los artistas contemplaban el mundo. Después de tantas experiencias traumáticas, ¿era todavía posible hablar de optimismo? ¿Podía la música seguir celebrando la vida sin caer en la ingenuidad? La respuesta de algunos compositores fue afirmativa, aunque ya no se trataba de una alegría inocente, sino de una alegría consciente de las contradicciones de la existencia humana.


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