La fascinación que ejercen las historias de asesinos en serie sobre el público no es un fenómeno nuevo. Desde las páginas de la literatura decimonónica hasta los documentales de true crime que arrasan en las plataformas de televisión actuales, la mente del verdugo siempre ha provocado un hipnótico magnetismo. Para dar respuesta a qué ocurre en el cerebro de estos individuos, el periodista de investigación José Manuel Frías acaba de publicar Neurohorror (Editorial Almuzara), una rigurosa obra que analiza las biografías de 35 criminales hombres y mujeres de distintas épocas y nacionalidades.
Todos ellos comparten tres rasgos desgarradores: extrema crueldad, violencia desmedida y una absoluta falta de empatía hacia sus víctimas. Con más de 30 años de experiencia en el periodismo de investigación a sus espaldas, Frías profundiza en una temática que ya abordó en títulos anteriores como Galería de asesinos sin alma o H.H. Holmes, el hotel de los horrores, ofreciendo ahora un enfoque renovado y aún más analítico.
¿El asesino nace o se hace?
Una de las incógnitas centrales de la criminología moderna radica en discernir si la maldad es un rasgo congénito o el resultado de un entorno hostil. Con el prólogo firmado por el prestigioso neurocirujano Héctor Cabrera, el libro vincula la neurociencia con las mentes criminales, abriendo un debate imprescindible sobre la biología del delito.
Tal y como explica el propio Frías, no existe una respuesta única ni categórica. En la gran mayoría de los casos, la transformación de un ser humano en un verdugo despiadado responde a una trágica combinación de traumas infantiles, abusos, acoso y humillaciones sufridas durante los primeros años de vida. Sin embargo, en lugar de canalizar ese dolor de forma constructiva o evitar repetir el daño, estos individuos terminan reproduciendo las mismas atrocidades en sus víctimas. Por otro lado, la investigación demuestra que también existen sujetos que parecen nacer con una maldad innata, actuando sin desencadenante ambiental alguno.
«Cada cerebro es diferente. Hay criminales motivados por circunstancias atroces en su infancia y otros que sencillamente nacen y mueren siendo malos.» — José Manuel Frías
El fenómeno del morbo y la devoción por el verdugo
Uno de los aspectos más perturbadores que aborda Neurohorror es la respuesta social ante estos personajes. Lejos de generar un rechazo unánime, existe un fenómeno recurrente donde criminales desalmados terminan convertidos en auténticos iconos populares o fetiches de culto.
Casos sangrientos como el de la argentina Yiya Murano, conocida como «la envenenadora de Montserrat», demuestran cómo una asesina que acabó con la vida de sus propias amigas mediante pasteles envenenados logró, tras salir de prisión, captar el favor de los medios de comunicación e incluso desenvolverse como una celebridad televisiva. Asimismo, resulta habitual que criminales encarcelados a cadena perpetua en Estados Unidos reciban abrumadoras cartas de admiradoras dispuestas a casarse en prisión tras encuentros vis a vis.
Esta extraña atracción se extiende al ámbito mercantil mediante la subasta de objetos personales de asesinos o la exposición en museos de macabras reliquias, como cabezas momificadas o armas empleadas en matanzas. Un fetichismo que oscila entre la curiosidad morbosa y la mercantilización del horror.
Negligencias forenses que costaron vidas
A lo largo de los 35 capítulos del libro, Frías expone también una severa crítica velada a los estrepitosos fallos policiales y médicos que permitieron que muchos de estos verdugos continuaran matando durante años con total impunidad.
📍 El impactante caso de Marybeth Tinning
Un claro ejemplo de negligencia institucional ocurrió en la década de los 70 y 80 con la estadounidense Marybeth Tinning, quien asesinó consecutivamente a ocho de sus hijos por asfixia. Durante años, los médicos atribuyeron las muertes a un inexistente «síndrome genético». No fue hasta el fallecimiento por asfixia de su noveno hijo —este adoptado, lo que descartaba cualquier fallo genético— cuando las autoridades decidieron iniciar una investigación formal que culminó en su confesión.
Fallos forenses similares se repitieron en casos históricos emblemáticos, desde Lizzie Borden hasta el célebre «El Jarabo» en España, cuya figura quedó grabada a fuego en el imaginario colectivo nacional como el prototipo del asesino despiadado.
¿Una especie en vías de extinción?
Frente a la proliferación de asesinos en serie que marcaron a fuego el siglo XX, surge la interrogante de qué ocurre en la actualidad: ¿Han desaparecido estos criminales en el siglo XXI?
La respuesta de los expertos es concluyente: la figura del asesino en serie que opera impunemente durante décadas se encuentra en vías de extinción gracias a los vertiginosos avances de la ciencia forense. La generalización de las pruebas de ADN, el rastreo digital, la proliferación de cámaras de seguridad y los protocolos policiales modernos hacen casi imposible que un criminal sostenga una cadena de asesinatos prolongada en el tiempo sin ser descubierto en sus primeros pasos.
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