Hay músicas que no necesitan esperar a que aparezcan los personajes para empezar a contar una historia. El público ocupa su localidad, se apagan las luces, el murmullo de la sala desaparece y, cuando todavía no se ha pronunciado una sola palabra sobre el escenario, la orquesta toma la palabra. A veces lo hace con solemnidad; otras, con una explosión de energía; puede presentarnos el ambiente en el que va a desarrollarse la acción, anticipar algunos de los temas musicales que escucharemos después o incluso advertirnos, sin que todavía podamos saberlo, de cómo terminará todo. Oberturas y preludios han sido durante siglos mucho más que una música destinada a anunciar que la función comienza.
Y aunque utilizamos ambos términos con cierta familiaridad, obertura y preludio no significan exactamente lo mismo. La obertura adquirió históricamente una entidad considerable como pieza instrumental de apertura y llegó a desarrollar formas y tradiciones propias. Pensemos en la obertura italiana de los siglos XVII y XVIII, generalmente articulada en secciones rápido-lento-rápido, o en la obertura francesa asociada a Lully, con su característica alternancia entre una introducción solemne y una sección más rápida. Con el tiempo, especialmente a partir de Mozart y, sobre todo, durante el Romanticismo, la obertura fue estrechando su relación con el drama: dejó de ser únicamente una pieza que precedía a la representación para convertirse muchas veces en una auténtica puerta de entrada a su mundo emocional y argumental.
El preludio suele ser más breve y, en muchas óperas del siglo XIX, aparece todavía más íntimamente ligado a lo que viene después. No pretende necesariamente funcionar como una composición autónoma: puede crear una atmósfera, presentar una idea musical, preparar psicológicamente una escena y conducirnos hacia ella casi sin que percibamos dónde termina la introducción y dónde empieza propiamente el drama. Naturalmente, las fronteras no son rígidas, y los compositores hicieron con estos géneros exactamente lo que suelen hacer los grandes creadores con las etiquetas: utilizarlas cuando les servían y desbordarlas cuando necesitaban otra cosa.
Hoy en La Traviata vamos a escuchar seis maneras muy diferentes de abrir una ópera: Juan Crisóstomo Arriaga, Rossini, Weber, Wagner, Smetana y Mascagni.
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