Con Bizkaia rozando temperaturas inusualmente altas que ya han obligado a Osakidetza a atender a casi una veintena de personas, la sección ‘Farmacia de Guardia’ de EgunOn Bizkaia ha querido poner el foco en la salud y la prevención frente a un enemigo tan silencioso como peligroso: el golpe de calor. María José Díaz, directora del Centro de Información del Medicamento del Colegio de Farmacéuticos de Bizkaia, explica que es fundamental diferenciar entre el simple agobio por el clima y una situación de riesgo real. Mientras que tener calor es una sensación común en estas fechas, «un golpe de calor sucede cuando nuestro organismo pierde la capacidad de regular la temperatura». Esta quiebra de nuestro sistema termorregulador puede hacer que la temperatura corporal se dispare, afectando a órganos vitales como el cerebro, el corazón o los riñones, y convirtiéndose de inmediato en una urgencia médica.
Señales de alarma: Cuándo preocuparse
No siempre llevamos un termómetro en el bolso, por lo que Díaz insiste en aprender a «leer» los signos que nos transmite el cuerpo. La señal más evidente es una temperatura que escala hasta los 39 o 40 grados, pero hay otros síntomas físicos y conductuales muy claros:«Vamos a notar que la piel está extremadamente caliente y seca; de repente, la sudoración desaparece y la piel se enrojece».
A esto se le suman dolores intensos de cabeza, mareos, náuseas o vómitos. Sin embargo, los síntomas más alarmantes tienen que ver con el estado mental: estados de confusión, somnolencia extrema, irritabilidad, problemas para deambular correctamente e incluso convulsiones o desmayos. Asimismo, la respiración se agita y la frecuencia cardíaca se acelera notablemente.
Protocolo de actuación: ¿Qué debemos hacer?
Ante la sospecha de que nosotros mismos o alguien a nuestro alrededor está sufriendo un golpe de calor, no hay que esperar. Al tratarse de una emergencia, el primer paso en los casos más graves (con confusión o desmayos) debe ser llamar al 112.
Mientras llega la asistencia, se recomienda aplicar las siguientes pautas de primeros auxilios:
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Colocar a la persona a la sombra y en un lugar lo más fresco posible.
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Retirar el exceso de ropa para favorecer la ventilación.
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Enfriar el cuerpo mediante paños húmedos, compresas frías o abanicando a la víctima.
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Ofrecer agua de manera prudente: Solo si la persona está totalmente consciente y puede tragar con facilidad. «Hay que evitar el alcohol y las bebidas muy azucaradas», y jamás forzar a beber a alguien que presente síntomas de desvanecimiento o somnolencia para evitar ahogamientos.
Prevenir antes que curar
Para no llegar a situaciones extremas, las farmacias vizcaínas recuerdan los consejos esenciales de cada año. El principal es evitar la exposición directa en las horas de más calor. Aunque tradicionalmente la franja peligrosa se situaba entre las 12:00 y las 16:00 horas, la intensidad actual obliga a extremar la precaución durante más tiempo.
La hidratación es la otra gran columna vertebral de la prevención: «Cuando tenemos sed, ya es tarde. Estos días hay que beber agua aunque no se tenga sed», apunta la experta, sugiriendo establecer un hábito fijo de ingesta líquida. Ropas ligeras y transpirables, el uso de gorros o sombreros, duchas templadas y mantener las persianas bajadas en el hogar completan el escudo básico.
La necesidad de adaptar nuestros entornos
Este repunte de temperaturas abre también un debate necesario sobre las infraestructuras locales. Díaz señala que se está empezando a hablar con fuerza de la necesidad de adecuar los entornos cerrados, espacios de trabajo y centros escolares para combatir lo que jocosamente ya se denomina el «Euskadi tropical», pero que requiere medidas serias de climatización.
Esta adaptación es crucial si tenemos en cuenta a los colectivos especialmente vulnerables: las personas mayores, los bebés y niños pequeños, y aquellos pacientes que padecen enfermedades crónicas. En este último grupo, la regulación de la temperatura interna ya suele estar alterada de por sí, por lo que un golpe de calor puede resultar fatídico. Ante esta realidad, ciudades y municipios ya exploran e implantan la red de refugios climáticos —espacios públicos o privados como bibliotecas, centros comerciales o ambulatorios— dotados de buena ventilación donde los ciudadanos pueden guarecerse de las horas más asfixiantes del día.
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