El síndrome del impostor se ha convertido en un tema recurrente en las conversaciones sobre carrera profesional y desarrollo personal. Aunque no se trata de un diagnóstico clínico ni de un trastorno mental —como podrían serlo la depresión o los trastornos de la conducta alimentaria—, es una experiencia psicológica profundamente arraigada en nuestra relación con el éxito y los logros personales.
¿Qué es realmente el síndrome del impostor?
A pesar de ser un término muy utilizado, no existe una definición única o síntomas delimitados con precisión. Sin embargo, de forma general, lo reconocemos como la incapacidad de internalizar los logros reales.
Las personas que lo sufren son competentes y han obtenido éxitos objetivos, pero sienten que su triunfo es producto de la suerte o la casualidad. Viven con el miedo constante de que, en cualquier momento, alguien descubrirá que «no son para tanto».
El peligro de «romantizar» la inseguridad
Recientemente, en redes sociales, se ha extendido la idea de que sentir el síndrome del impostor es una señal de alta inteligencia o de crecimiento personal. No obstante, la ciencia no respalda esta afirmación. Idealizar este síndrome bajo el lema «si sufres es porque vales» es peligroso. No es una medalla moral ni una prueba de valor; es una respuesta psicológica a la presión, al perfeccionismo y al miedo al fallo. Este fenómeno suele aparecer en contextos de alta evaluación, mucha comparación y poco margen de error, afectando especialmente a profesiones muy demandantes.
Un desgaste que no desaparece con títulos
Uno de los mitos más comunes es pensar que el síndrome del impostor se cura con más formación o más éxitos. Los estudios demuestran lo contrario: a menudo se intensifica cuando la persona asume nuevas responsabilidades o roles de mayor jerarquía, ya que el nivel de exigencia interna aumenta.
Este sentimiento no es inofensivo. Está directamente asociado con:
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Mayores niveles de ansiedad.
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Agotamiento o burnout.
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Exceso de autoexigencia.
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Baja autoestima.
Herramientas para combatirlo
Para reducir el impacto de esta «voz interior» incómoda, podemos aplicar varias estrategias:
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Hablar de ello: Nombrar el problema y compartirlo reduce su poder y su impacto emocional.
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Reatribución de logros: Aprender a reconocer que el éxito viene de la preparación, el esfuerzo y las decisiones propias, no solo del azar.
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Cuestionar el perfeccionismo: Dejar de vivir bajo estándares imposibles de alcanzar.
El objetivo final no es eliminar cualquier duda sobre nuestras capacidades, sino lograr que esa duda no gobierne nuestro valor ni decida si merecemos estar donde estamos.
