La oficialidad internacional no es una carrera de cien metros ni una pancarta; es una partida de ajedrez. Ese es, en esencia, el poso que ha dejado el lehendakari Imanol Pradales en la recepción de este jueves a la Euskal Pilota Selekzioa. El mensaje para el resto de disciplinas que persiguen competir bajo bandera propia ha sido claro: el objetivo es alcanzable, pero exige «estrategia y paciencia», saber «jugar nuestras cartas de forma inteligente» y, sobre todo, poner recursos sobre la mesa.
Los pelotaris acudían a la cita con los deberes hechos. Su reciente paso por el Campeonato del Mundo, disputado el pasado mes de octubre en Buenos Aires y Colonia del Sacramento, no solo ha supuesto el ansiado debut oficial de la selección, sino que se ha saldado con un botín incontestable: doce metales en quince modalidades. Un éxito que reafirma a la pelota, junto a la sokatira, como la punta de lanza y la excepción del deporte vasco en el panorama internacional.
Para Pradales, este hito demuestra que el reconocimiento de nuestras selecciones no es una simple queja, sino un proceso en el que muchos otros deportes siguen atrapados. Y en ese horizonte, el calendario ya subraya una fecha en rojo: 2030.
Euskadi será la sede del próximo mundial de pelota vasca, un escenario que el lehendakari concibe como la plataforma perfecta. Una oportunidad inmejorable para demostrar de lo que es capaz este país a nivel global, compitiendo de tú a tú. «Defendiendo nuestra identidad, sin pedir nada y sin atacar a nadie», ha rematado Pradales. El aviso a navegantes está lanzado: la puerta internacional se abre, pero empujando desde los despachos, con inteligencia y sin precipitación.