La sección «Vamos a contar mentiras» ha puesto el foco en la cruda realidad de las prioridades políticas actuales, donde el aumento del gasto militar se justifica con una facilidad pasmosa frente a las reticencias para financiar la seguridad ambiental. Ibon Alonso, de la asociación Logros Elkartea, invita a reflexionar sobre este desequilibrio recuperando una histórica lección del astrónomo Carl Sagan sobre cómo entendemos la «defensa» nacional.
El punto de partida nos traslada al humor de Gila, quien mediante sus surrealistas llamadas telefónicas exponía el sinsentido de los conflictos bélicos. A pesar de esas lecciones culturales, Alonso advierte que «parece que no aprendemos y seguimos fabricando enemigos y guerras», señalando que gran parte de la clase política actual demanda más inversión en armamento como una supuesta medida de prudencia necesaria.
El cálculo de Sagan: 10 billones de dólares
Para ilustrar la magnitud de este gasto, el artículo rescata una conferencia de 1990 en la que Sagan desglosó el coste de la Guerra Fría para Estados Unidos. La cifra alcanzó los 10 billones de dólares, una cantidad tan astronómica que, según el científico, podría haber comprado todo lo existente en el país —edificios, barcos, aviones e incluso pañales para bebés— excepto la propia tierra. Todo este capital se movilizó ante la mera probabilidad de una amenaza que nunca llegó a materializarse por completo.
La crítica central de Alonso reside en el doble rasero que se aplica al comparar la guerra con el calentamiento global. Mientras que para la defensa militar se invierte preventivamente ante escenarios inciertos, para la crisis climática se suele exigir una certeza absoluta antes de destinar fondos similares. «Se aplica un doble rasero frente a las advertencias de las evidencias científicas», denuncia Alonso, recordando que ya en los años 90 existía consenso sobre peligros reales como la contaminación, la pérdida de biodiversidad y la sobreexplotación de recursos.
¿Quién es el verdadero enemigo?
El espacio concluye con una pregunta que resuena con urgencia: si somos capaces de movilizar recursos infinitos para protegernos de otros países, ¿por qué no dedicamos ese mismo esfuerzo a defendernos de las amenazas reales que ponen en jaque nuestra supervivencia como especie?. Es hora de decidir si el verdadero enemigo está al otro lado de una frontera o en el deterioro irreversible de nuestro propio hogar.
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