El inicio del curso escolar vuelve a poner sobre la mesa el debate sobre cómo se estructuran los espacios de ocio y actividad física en la infancia. En una entrevista concedida al programa EgunOn Bizkaia, el sociólogo y profesor de Actividad Física y Deporte Adaptado en Kirolene, Xavier Leizea, ha analizado el papel del juego como primer factor socializador y la urgencia de repensar las dinámicas deportivas tanto en el entorno educativo como en el ámbito extraescolar.
Históricamente, los patios escolares han estado dominados por una configuración espacial muy concreta: un gran campo central destinado al fútbol o fútbol sala, mientras que el resto de actividades —y de personas— quedaban relegadas a las esquinas. Según señala Leizea, este diseño ha provocado tradicionalmente una hegemonía del fútbol que invisibiliza a las personas menos habilidosas o con discapacidad, generando incluso desigualdades de género.
Frente a este modelo, cada vez más centros están apostando por alternativas dinámicas que incluyen juegos populares, ajedrez, cromos o deportes alternativos. Sin embargo, el experto advierte de que no basta con cambiar la propuesta de actividades: «No se trata solo de cambiar el espacio o la actividad, sino de garantizar la participación real en condiciones de igualdad», afirma. Para ello, es indispensable «mirar a las esquinas» y atender a quienes viven el recreo desde el margen o la frustración.
Educación Física: un cambio de mirada centrado en la persona
La asignatura de Educación Física también ha experimentado una evolución conceptual considerable, dejando atrás el enfoque tradicional centrado en la pura ejecución técnica o el rendimiento gimnástico. Hoy en día, la disciplina abarca aspectos actitudinales como la cooperación, el saber ganar y perder, y el respeto. A pesar de estos avances, persisten inercias culturales. Leizea subraya la importancia del rol docente a la hora de marcar el ritmo y la inclusividad en la clase: «El ritmo de la clase no deben marcarlo los alumnos más habilidosos, sino el profesorado mediante estrategias adaptadas». El objetivo no es eliminar la dificultad ni la competición, sino implementar pensamientos disruptivos y reglas adaptadas que permitan a cada estudiante expresarse según sus capacidades y evitar experiencias emocionales negativas que alejen a los jóvenes de la actividad física en el futuro.
La responsabilidad de los adultos ante la violencia y la presión
En relación con el deporte extraescolar y de club, el sociólogo ha abordado el problema de la tensión y los episodios violentos que ocasionalmente se producen en las gradas. Para Leizea, estos comportamientos no son un problema del deporte infantil en sí, sino una transferencia del comportamiento adulto y competitivo al ámbito del deporte escolar. El experto hace un llamamiento a la concienciación de padres y madres, recordando que el papel de las familias debe ser el de acompañar y motivar, sin proyectar exigencias de alto rendimiento sobre los menores. «A un niño o niña no hay que preguntarle cómo ha rendido, sino si se lo ha pasado bien y si tiene ganas de volver a entrenar», concluye Leizea, recordando que el deporte en etapas tempranas debe ser, ante todo, un espacio de disfrute, salud y convivencia.
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