El deseo de proteger a los hijos es universal, pero a menudo viene acompañado de fantasmas del pasado. En la sección Frecuencia Emocional del programa EgunOn Bizkaia, se ha abordado una realidad silenciosa que afecta a muchas familias: el miedo de padres y madres a repetir con sus hijos los mismos errores y sufrimientos que ellos experimentaron en su propia infancia.
Un miedo real y frecuente en consulta
Este temor no es una preocupación menor ni anecdótica; al contrario, es un motivo de consulta muy habitual. Existen personas que dudan de la maternidad o la paternidad, no porque no quieran cuidar, sino porque temen hacer daño. «Este no es un miedo absurdo. Cuando una persona ha vivido experiencias difíciles en su infancia, existe una probabilidad alta de que, sin darse cuenta, repita ciertos patrones con sus hijos.» Esta repetición puede manifestarse de dos formas: reproduciendo exactamente el mismo comportamiento o cayendo en el extremo opuesto. Por ejemplo, quien creció bajo una exigencia desmedida puede volverse un padre o madre excesivamente permisivo. Sin embargo, en ambos escenarios el problema de fondo es el mismo: no estás eligiendo cómo educar, estás reaccionando desde tu propia herida.
Los puntos ciegos de nuestra historia
El principal obstáculo para romper estos ciclos son nuestros propios puntos ciegos. Al mirar hacia la propia infancia y hacia los progenitores, se pierde la objetividad: hay conductas que se justifican, realidades que no se quieren ver o dinámicas del pasado que, de forma inconsciente, siguen afectando en el presente.
Es precisamente por esto que, cuando un niño acude a terapia, en muchas ocasiones la recomendación es que alguno de los progenitores empiece también terapia; pero no desde la culpa, sino desde la responsabilidad. Aunque no todo el mundo necesita terapia —ya que a veces basta con descanso, apoyo o una red social sólida—, cuando se trata de traumas y de evitar la repetición de patrones, el trabajo terapéutico se vuelve una herramienta clave.
El reflejo de la propia infancia
La llegada de un hijo activa de forma inevitable un vínculo con el pasado. Su infancia conecta directamente con la tuya. Si sufriste acoso escolar, es probable que vivas con un miedo constante a que tu hijo pase por lo mismo; si te sentiste solo, estarás hipervigilante ante cualquier señal de rechazo. Esta carga emocional puede llevar a los padres a actuar desde el miedo, sobreprotegiendo, anticipando peligros o intentando controlar situaciones de manera innecesaria. A esto se suma que los hijos, por temperamento o forma de reaccionar, suelen parecerse a sus padres, convirtiéndose en espejos que activan aún más esas heridas no resueltas.
Sanar a través de la responsabilidad
A pesar de las dificultades, cometer errores no significa que todo esté perdido. La clave para reparar el daño y cambiar el rumbo de la crianza radica en asumir la responsabilidad. Algo tan sencillo, pero a la vez tan complejo, como que un padre o una madre pueda mirar a su hijo y decirle: «Tienes razón. Esto que hice te hizo daño, lo siento mucho», tiene un poder profundamente reparador. Negar, justificar o devolver la culpa a los hijos solo profundiza la herida. Por el contrario, romper el ciclo de dolor no solo beneficia al núcleo familiar, sino que tiene un impacto social. Cuando criamos a niños sin esas cargas, sin esas heridas no trabajadas, estamos contribuyendo a crear un mundo más sano, más consciente y mejor. «No se trata de ser padres perfectos, se trata de ser padres conscientes.» Si sientes que hay aspectos de tu historia personal que estás trasladando a la crianza de tus hijos, tal vez sea el momento de mirarlos de frente.
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