El movimiento antivacunas no es un fenómeno nuevo, pero sí uno que ha cobrado un impulso peligroso en la última década. Todo comenzó con un estudio fraudulento sobre 12 niños que vinculaba la vacuna del sarampión con el autismo. Aunque el autor fue desacreditado por distorsión de datos y más de una decena de estudios a gran escala han demostrado que no existe tal relación, el estigma persiste.
Como explica Javier Crespo, de Logos Elkartea, en la sección “Vamos a contar mentiras”, este movimiento encuentra hoy un terreno fértil irónicamente entre la clase acomodada y educada de Occidente, que ha olvidado que antes se moría de polio, difteria o sarampión.
Desmontando los mitos químicos y biológicos
Uno de los argumentos más recurrentes es la presencia de sustancias «peligrosas» como el aluminio o el mercurio. Sin embargo, la realidad científica es aplastante: en un día normal, cualquier persona respira o ingiere entre 30 y 50 miligramos de aluminio, lo cual supone más de 20 veces la dosis máxima permitida en una vacuna.
Del mismo modo, el temor a que las vacunas «sobrecarguen» el sistema inmunitario infantil carece de base. Los niños están expuestos diariamente a muchos más antígenos en su entorno natural que los contenidos en todas las vacunas de su calendario juntas. Además, las bacterias y virus presentes en las vacunas están inactivos, lo que garantiza su seguridad frente a la protección natural.
¿Auge de alergias o exceso de higiene?
Los antivacunas suelen culpar a las vacunas del aumento de alergias, asma y enfermedades autoinmunes. Si bien es cierto que estas patologías han aumentado en países desarrollados, la ciencia apunta a causas muy distintas: la «hipótesis de la higiene». Vivimos en ambientes tan limpios que estamos expuestos a menos parásitos y bacterias durante la infancia, lo que, sumado al uso excesivo de antibióticos y dietas pobres en fibra, altera nuestra flora intestinal y el desarrollo del sistema inmune.
De Leicester al siglo XXI: una raíz histórica
La desconfianza hacia las instituciones no es un invento de la era digital. A finales del siglo XIX, el Reino Unido vivió protestas masivas contra la vacunación obligatoria de la viruela, el «monstruo moteado» que mataba a 400.000 personas al año en Europa. En ciudades como Leicester, miles de personas prefirieron la cárcel antes que vacunarse, alegando el derecho sobre su propia salud, un área que hasta entonces no había sido gobernada por el Estado.
Aquel conflicto derivó en la primera cláusula de objeción de conciencia en 1898. Hoy, la historia parece repetirse, pero con un alcance global que ha llevado a la Organización Mundial de la Salud (OMS) a declarar el rechazo a las vacunas como una de las diez principales amenazas para la salud mundial.
En conclusión, las vacunas son, en parte, víctimas de su propia eficacia. Al haber erradicado o invisibilizado enfermedades devastadoras, han permitido que el escepticismo crezca. El movimiento antivacunas no es solo una negación de la ciencia, sino un síntoma de una crisis de confianza en los gobiernos y farmacéuticas, donde se antepone la percepción subjetiva de riesgo al beneficio estadístico comprobado.
Si te gusta Vamos a contar mentiras, suscríbete en nuestros canales de podcast:
Y sigue a Radio Popular en las redes sociales:
- Sigue todas las noticias de Bilbao y Bizkaia en nuestro Facebook
- Conoce la radio desde dentro en nuestro Instagram
- Los titulares y los bacalaos del Athletic al minuto en X
- Revive los mejores bacalaos en YouTube
- Recibe las actualizaciones de nuestra programación y nuestras noticias en nuestro canal de Telegram
