Erik Satie. 100 años de un autor inclasificable

Margarita Lorenzo de Reizabal

Podcast Bilbao

Erik Satie. 100 años de un autor inclasificable

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Hay aniversarios que parecen hechos a medida para un programa como este. Y este año 2026 se cumple uno de los más redondos, de los que casi se celebran solos: cien años sin Erik Satie. Cien años desde que desapareció uno de los compositores más extraños, más delicados, más irónicos y, curiosamente, más influyentes de todo el siglo XX… aunque él, en realidad, vivió casi como un hombre del siglo XIX.

Porque si pensamos en la música francesa de su tiempo, enseguida nos vienen a la cabeza nombres como Debussy o Ravel, quizá Fauré, quizá Saint-Saëns… y Satie suele aparecer como una nota al pie, como un excéntrico simpático, como el autor de una melodía famosa que ha sonado en anuncios, en películas, en documentales y en vídeos de YouTube con lluvia de fondo.

Pero Satie no es una anécdota. Satie es, en cierto modo, un punto de inflexión. Un compositor que se negó a escribir música como se suponía que debía escribirse. Un músico que detestaba la grandilocuencia. Un artista que desconfiaba de la solemnidad. Y que, con esa aparente sencillez, abrió caminos que otros recorrerían después: el minimalismo, la música repetitiva, la música ambiental, la música “de fondo”… e incluso una manera de entender la música como un espacio, no como un discurso.

París, en aquel tiempo, era un hervidero. La ciudad donde convivían la tradición y la modernidad, el academicismo y la bohemia, la ópera y el cabaret. Y Satie, que no era un virtuoso espectacular ni un compositor de gran aparato, encontró su lugar en un territorio que, para muchos músicos “serios”, era casi una vergüenza: los cafés, los locales nocturnos, el Montmartre más popular.

Y aquí es donde empieza a construirse el mito: el Satie bohemio, el Satie de los cabarets, el Satie que compone entre humo, vasos y conversaciones. Pero lo fascinante es que, en ese ambiente, Satie aprende algo que el conservatorio no enseña: aprende que la música no siempre tiene que ser el centro del mundo. Que a veces la música es un clima. Una presencia. Un gesto.

En Montmartre trabajó como pianista en el cabaret Le Chat Noir, y más tarde en el Auberge du Clou. Es decir, en el corazón del París artístico. Allí se cruzaban pintores, escritores, poetas, caricaturistas. Y Satie, que tenía una personalidad tímida y al mismo tiempo ferozmente singular, fue construyendo una estética que iba en dirección contraria a la música “seria” de su tiempo.

Porque mientras otros buscaban la emoción a través de grandes crescendos, de armonías voluptuosas, de desarrollos sinfónicos… Satie buscaba la emoción en lo mínimo. En lo insinuado. En lo que no necesita demostrarse.

Uno de los rasgos más célebres de Satie es que, en lugar de escribir indicaciones tradicionales como “allegro”, “andante”, “moderato”, empezó a escribir instrucciones absurdas, surrealistas, poéticas. Indicaciones que parecen más propias de un cuento que de una partitura. Algo así como: “con una tristeza rigurosa”, “como un ruiseñor con dolor de muelas”, “sin orgullo”, “con una indiferencia distinguida”. Es decir: Satie no solo escribía música. Escribía una actitud.

Y en el fondo, esto es mucho más serio de lo que parece. Porque lo que Satie estaba cuestionando era una idea: la idea de que la música clásica debe presentarse siempre como un templo. Y él, con su humor, la bajaba al suelo. La acercaba a la vida.

Y, por supuesto, Satie fue también un personaje. Un personaje real, no una pose. Durante años vivió en Arcueil, un suburbio de París, en una habitación minúscula. Iba vestido casi siempre igual. Hay historias —documentadas— sobre su obsesión con los paraguas, con la ropa, con ciertos rituales cotidianos. Parecía un hombre excéntrico, pero en realidad era más bien un hombre que se protegía del mundo.

Tuvo amistades intensas y también rupturas. Su relación con Debussy fue importante, y en cierto modo simbólica. Porque Debussy, que hoy es el gran icono del impresionismo musical, vio en Satie una pureza que él mismo buscaba. Y fue Debussy quien orquestó dos de las Gymnopédies, llevándolas del piano al color orquestal. Ese gesto dice mucho: Satie, el marginal, el compositor de cabaret, era reconocido por uno de los grandes.

También Ravel, más adelante, lo reivindicó. De hecho, en el París de principios del siglo XX, hubo un momento en que algunos músicos jóvenes consideraban a Satie casi un profeta. Y sin embargo, él no quiso nunca ser líder de nada. No quería escuela, ni discípulos, ni etiqueta. Detestaba que lo clasificaran.

Y en ese camino, Satie va sembrando ideas que otros recogerán después. Una de las más fascinantes es la llamada “música de mobiliario”, musique d’ameublement. Un concepto que, dicho así, suena a broma. Pero que, en realidad, es una intuición genial: música que no se escucha como protagonista, sino que se integra en el espacio, como un mueble, como una lámpara, como una presencia discreta.

Y así llegamos al final del retrato. Porque Satie, pese a su fama póstuma, murió como vivió: discretamente. Falleció en 1925, y durante años su figura quedó en una especie de limbo. Demasiado rara para el canon oficial, demasiado sutil para la historia “heroica” de la música, y demasiado irónica para encajar en una época que todavía veneraba la solemnidad.


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