Hay cosas que los seres humanos podemos hacer solos y otras que parecen haber sido inventadas para hacerlas juntos. Podemos leer solos, caminar solos, pensar solos e incluso, aunque resulte algo triste, brindar solos. Pero resulta difícil imaginar una fiesta completamente solitaria. Porque la fiesta necesita a los otros. Necesita encuentro, movimiento, ruido, expectación y, desde tiempos muy antiguos, necesita música.
Bienvenidos una semana más a ¡Música, Maestra!. Hoy hemos venido a celebrar. Y no hace falta que sea nuestro cumpleaños, ni que nos haya tocado la lotería, ni siquiera que tengamos una razón concreta para hacerlo, porque vamos a dedicar nuestro programa a una compañera inseparable de las celebraciones humanas: la música de fiesta. Y fíjense en que he dicho música de fiesta, no simplemente música alegre. Porque no es lo mismo. Hay músicas alegres que jamás estuvieron destinadas a una celebración y hay fiestas cuya música puede contener también solemnidad, nostalgia e incluso tristeza. Lo interesante es que prácticamente todas las culturas han utilizado sonidos organizados para señalar esos momentos en los que la vida cotidiana se interrumpe y sucede algo diferente: una boda, una coronación, una feria, un carnaval, una procesión, una fiesta patronal, un desfile, una victoria, una reunión alrededor del fuego…
Quizá porque la fiesta cumple una función mucho más profunda que la de pasarlo bien. El antropólogo Émile Durkheim habló de una especie de efervescencia colectiva que se produce cuando un grupo comparte intensamente una misma experiencia. Y la investigación contemporánea sobre música y comportamiento social ha ido mostrando algo fascinante: cuando varias personas cantan, bailan o simplemente se mueven siguiendo un mismo pulso, no solo están haciendo lo mismo al mismo tiempo; aumenta su percepción de conexión con los demás. Sincronizarnos nos une.
Hoy viajamos de fiesta en fiesta a través de la historia: Londres, 1749 con los festejos con fuegos artificiales de Händel; pasodoble torero para celebrar la fiesta taurina (Santiago Lope, 1904); música festiva para combatir la picadura de una tarántula (Italia); música klezmer para una boda judía en Europa central y oriental; la «apoteosis de la danza» (Beethoven, 7ª sinfonía, IV movimiento); una fiesta de carnaval (del ballet Petrushka, Stravinsky); música «second line» de un desfile festivo en Nueva Orleans a ritmo de blues; y nos despedimos a ritmo de danzón mexicano (Arturo Márquez, 1994).
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