Las noticias sobre famosas que recurren a la gestación subrogada consolidan un fenómeno social preocupante. La lógica del «lo quiero, lo pago y me lo llevo» parece haber conquistado incluso a figuras públicas reconocidas por discursos supuestamente progresistas o de empoderamiento. Pero la gestación subrogada no es más que un eufemismo para nombrar la explotación reproductiva de las mujeres más vulnerables.
Esta tendencia plantea un dilema ético inescapable: ¿es posible separar la obra del artista cuando sus acciones atentan contra los derechos de otras personas? Resulta incoherente celebrar himnos de empoderamiento femenino mientras quien los interpreta pone en riesgo la salud y la dignidad de mujeres con menos recursos para satisfacer un deseo personal. Ser madre no es un derecho; es un deseo que en ningún caso legitima tratar a niños y niñas como mercancía ni instrumentalizar el cuerpo de otra mujer.
Frente a los relatos que intentan edulcorar la práctica bajo la etiqueta de «gestación altruista», la realidad socioeconómica demuestra lo contrario. La gestación subrogada representa la comercialización definitiva del cuerpo femenino dentro de un patriarcado neoliberal. Ninguna mujer con la vida resuelta asume los riesgos vitales, corporales y emocionales de un embarazo para entregar a su bebé a desconocidos adinerados por pura empatía. El supuesto altruismo en un sistema desigual no es más que una trampa para anestesiar conciencias.
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