Acostumbrados a verle bajo la presión de los focos, dirigiendo en estadios de Primera División o viviendo experiencias exóticas en las megápolis de Japón o Qatar, choca —y a la vez reconforta— encontrar a Miguel Ángel Lotina en la plaza de Meñaka. Allí, en el corazón rural de Bizkaia, el tiempo parece detenerse y el fútbol profesional se convierte en un recuerdo lejano para dar paso a la esencia de la vida: las raíces.
Lotina ha vivido en A Coruña, en Donosti y en ciudades japonesas como Tokio u Osaka, con millones de habitantes. Sin embargo, confiesa que con el paso de los años, el cuerpo y la mente piden volver al origen. «Meñaka tiene mi niñez, mi familia, mis padres», asegura el técnico. Para él, este rincón vizcaíno es su refugio, ese lugar al que siempre volvía en sus días libres para desconectar, buscar el silencio de la montaña y, sobre todo, estar con la gente que le conoce desde que era un niño.
De porterías humanas y fútbol en la carretera
Antes de las tácticas y las pizarras, hubo un niño al que en el pueblo llamaban (y todavía llaman) «el rubio». Lotina recuerda con nostalgia una infancia donde el fútbol no tenía campo reglamentario. «De pequeño jugaba mucho al frontón, eso me dio mucha coordinación», rememora. Sus primeros «partidos» fueron en el pasillo de casa, con sus padres haciendo de improvisados porteros, una imagen entrañable que precede a su etapa escolar.
Su trayectoria vital está ligada a la geografía de la zona: desde sus estudios en Lauaxeta hasta su paso por el colegio de monjas de Meñaka-Barrena. Allí, la falta de instalaciones agudizó el ingenio: jugaban al fútbol en la propia carretera, parando el juego cada vez que un coche —una rareza hace 60 años— asomaba por la curva.
Un vecino más en un pueblo que evoluciona
Lotina ha sido testigo del cambio de Meñaka. De aquel pueblo de caseríos dedicado casi exclusivamente a la ganadería y la leche, se ha pasado a un municipio residencial, hogar de quienes trabajan en la industria de la cercana Mungia. Sin embargo, el entrenador destaca que el alma del pueblo sigue intacta. «Se ha creado un ambiente muy bonito», afirma, destacando la mezcla entre los vecinos de toda la vida y las familias jóvenes que han llegado buscando calidad de vida.
Hoy, lejos de los banquillos, el plan de Lotina es sencillo: disfrutar de la gastronomía local, pasear y charlar. En Meñaka no es una celebridad, es un aldeano más —dicho con el orgullo de quien se sabe buena gente— que disfruta viendo cómo el frontón sigue abierto hasta medianoche en verano, manteniendo viva la llama de un pueblo que, para él, es el mejor estadio del mundo.
