Hoy les proponemos un viaje por una de las relaciones más antiguas, fecundas y fascinantes de toda la historia de las artes: la que existe entre la música y la danza.
Estamos tan acostumbrados a escuchar música sentados en una butaca, en el salón de casa o a través de unos auriculares, que a veces olvidamos una realidad fundamental: durante miles de años la música fue, sobre todo, una experiencia colectiva ligada al movimiento.
Antes de que existieran los auditorios, las salas de conciertos o las orquestas sinfónicas, los seres humanos ya cantaban y bailaban. Lo hacían para celebrar las cosechas, para acompañar ceremonias religiosas, para festejar victorias, para cortejar, para expresar alegría o para fortalecer los vínculos de la comunidad. Música y danza nacieron prácticamente juntas y durante siglos resultó difícil imaginar la una sin la otra.
De hecho, buena parte de las formas musicales que hoy consideramos clásicas tienen su origen en antiguos bailes. El minueto, la gavota, la bourrée, la zarabanda, el vals, la polca o las innumerables danzas populares que inspiraron a tantos compositores fueron, antes que obras para ser escuchadas, músicas destinadas a acompañar el movimiento del cuerpo.
A lo largo de este programa recorreremos más de cuatro siglos de historia para descubrir cómo la danza ha inspirado a compositores de épocas muy diferentes. Viajaremos desde las cortes renacentistas hasta los grandes ballets del siglo XX; desde las fiestas populares hasta los escenarios más prestigiosos del mundo; desde la elegancia aristocrática del minueto hasta la poderosa modernidad de Prokófiev y Shostakóvich.
Los siglos XVII y XVIII fueron la edad de oro de la danza cortesana. Las grandes monarquías europeas, especialmente la francesa, convirtieron el baile en un elemento esencial de la educación, la etiqueta y la representación del poder. Saber bailar era casi tan importante para un noble como saber montar a caballo o expresarse correctamente en sociedad.
No resulta extraño, por tanto, que los compositores comenzaran a organizar buena parte de su música instrumental a partir de sucesiones de danzas. Nació así la llamada suite, una forma musical compuesta por varias piezas breves, cada una inspirada en un tipo de baile diferente.
Lo curioso es que, aunque muchas de estas piezas terminaron interpretándose en salones aristocráticos y más tarde en salas de concierto, conservaban las características rítmicas y expresivas de las danzas originales.
Pensemos, por ejemplo, en la allemande, una danza de origen alemán. Su movimiento es moderado, elegante y equilibrado. Al escucharla, casi podemos imaginar a las parejas avanzando con pasos medidos y ceremoniosos.
Muy distinta es la sarabanda, llegada a Europa desde España a través de un largo proceso de transformación cultural. En sus orígenes fue considerada incluso demasiado atrevida para algunos sectores religiosos y civiles. Sin embargo, en el Barroco adquirió un carácter lento, solemne y profundamente expresivo. En manos de Bach llegó a convertirse en uno de los momentos más intensos y contemplativos de toda la suite.
En el extremo opuesto encontramos la gavota, una danza francesa de carácter alegre y luminoso. Su ritmo ligero y su sensación de movimiento constante la convirtieron en una de las favoritas de las cortes europeas.
Y más rápida todavía era la giga, heredera de antiguas danzas británicas e irlandesas. Las gigas suelen cerrar las suites barrocas con una explosión de energía, virtuosismo y vitalidad que contrasta con la noble gravedad de la sarabanda.
Así pues, cada danza poseía su propio carácter, su propia personalidad e incluso su propia psicología. Los compositores barrocos aprendieron a utilizar esas diferencias como un auténtico vocabulario emocional.
La Ilustración impulsaba nuevas formas de pensamiento, las ciudades crecían, la burguesía adquiría cada vez mayor protagonismo y la vida musical empezaba a desplazarse lentamente desde los palacios aristocráticos hacia espacios más abiertos al público.
La danza seguía ocupando un lugar esencial en la vida social, pero los compositores empezaron a utilizar sus ritmos y estructuras con una finalidad diferente. Ya no se trataba únicamente de proporcionar música para bailar. Ahora aquellas antiguas danzas podían integrarse en formas puramente musicales destinadas a la escucha atenta.
Ninguna danza simboliza mejor esta evolución que el minueto.
Nacido en la Francia del siglo XVII, el minueto se convirtió rápidamente en el baile aristocrático por excelencia. Elegante, refinado y contenido, reflejaba a la perfección los ideales de equilibrio, cortesía y buen gusto que caracterizaban a las cortes europeas.
Durante décadas fue el rey de los salones. Reyes, nobles y miembros de la alta sociedad aprendían cuidadosamente sus pasos, pues bailar correctamente un minueto era también una forma de demostrar educación y posición social.
Pero ocurrió algo curioso. Los compositores comenzaron a apreciar tanto sus posibilidades musicales que terminaron incorporándolo a géneros cada vez más ambiciosos. El minueto abandonó la pista de baile para instalarse en la sonata, el cuarteto de cuerda y, finalmente, la sinfonía.
Si el siglo XVIII había bailado el minueto, el siglo XIX iba a descubrir nuevas formas de diversión. Europa estaba cambiando a gran velocidad. La Revolución Industrial transformaba las ciudades, surgían nuevas clases sociales y la burguesía convertía los bailes públicos en uno de los grandes centros de la vida social.
En ese contexto apareció una danza que desencadenó una auténtica revolución.
Se llamaba polca.
Aunque solemos asociarla a Viena y a la familia Strauss, la polca nació en realidad en Bohemia, en la actual República Checa, hacia la década de 1830. Lo que comenzó como una danza popular campesina se propagó por Europa con una rapidez asombrosa. En apenas unos años se bailaba en Praga, Viena, Berlín, París, Londres y San Petersburgo.
Su éxito se debía, en buena medida, a su vitalidad. Frente a la elegancia contenida del minueto, la polca era una danza alegre, dinámica y cercana. Se bailaba en parejas, generalmente en compás binario, alternando pequeños desplazamientos laterales, giros y ligeros saltos que le conferían una sensación constante de movimiento y ligereza.
Era una danza accesible, menos ceremoniosa que las de la aristocracia del siglo anterior y perfectamente adaptada al espíritu de una sociedad más abierta y participativa.
Hasta ahora hemos visto cómo la danza acompañó las celebraciones populares, cómo se refinó en las cortes barrocas y cómo animó los salones de la Europa burguesa del siglo XIX. Pero durante ese mismo siglo la danza adquirió también otro significado.
Los compositores comenzaron a mirar hacia las tradiciones populares de sus propios países.
Fue la época de los nacionalismos musicales. En numerosos lugares de Europa surgió el deseo de recuperar canciones, leyendas, ritmos y danzas que formaban parte de la memoria colectiva de cada pueblo. Frente al predominio de los modelos musicales centroeuropeos, muchos autores buscaron inspiración en el folclore y en las tradiciones locales.
Las danzas populares han servido durante siglos para algo más que entretener. Han sido también una forma de expresar la identidad de una comunidad, de transmitir tradiciones y de mantener vivo el vínculo con la historia colectiva.
Durante el siglo XIX y comienzos del XX, muchos compositores europeos descubrieron en el folclore una fuente de inspiración artística. Lo vimos hace unos momentos con Brahms y sus evocaciones de la música húngara. Pero ese mismo fenómeno se produjo también en otros lugares de Europa, incluido el País Vasco.
Sin embargo, al llegar al siglo XX, la relación entre música y danza experimenta una transformación radical.
Ya no se trata simplemente de proporcionar un ritmo para bailar. La danza comienza a convertirse en una forma de teatro.
El desarrollo del ballet moderno permitió a los compositores explorar territorios mucho más complejos. Los movimientos de los bailarines ya no debían limitarse a reproducir los patrones de una danza tradicional. Ahora podían expresar emociones, conflictos psicológicos, tensiones sociales o auténticos dramas humanos.
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