En la cultura popular de la huerta y el jardín, existe la creencia de que cuanto más abono echemos, mejor será la cosecha. Sin embargo, en la última entrega de la sección Campo Abierto en EgunOn Bizkaia, Ion Colino sostiene que «el suelo es capaz de darnos todo lo que las plantas necesitan; lo único que tenemos que hacer es cuidarlo».
Muchos agricultores y jardineros recurren al abonado sistemático año tras año, ya sea mediante fertilizantes químicos u orgánicos. Según Colino, en muchas ocasiones «la mayoría de esas carretillas de estiércol que echamos son en balde; es como tirar el dinero». Si el abono no está bien estabilizado, el agua acaba arrastrándolo, provocando además la contaminación orgánica de los acuíferos.
La clave reside en entender la composición de la planta. Aunque parezca increíble, «la estructura de la planta depende un 95% del aire», a través de procesos como la fotosíntesis y la respiración. El 5% restante proviene de los nutrientes del suelo (nitrógeno, fósforo, potasio), que son esenciales pero que la planta «solo necesita en trazas, muy poquito», para completar sus ciclos.
El suelo como «banco comunitario»
Para Colino, el suelo no es un recipiente vacío que debemos rellenar, sino un organismo vivo que administra recursos. «El suelo es como un banco comunitario de nutrientes que los pone a disposición de la planta cuando ella los necesita», explica. Para mantener este equilibrio, el experto recomienda: Acolchar el suelo para protegerlo, labrar lo mínimo posible para evitar la erosión y la salinización y abonar con restos orgánicos bien tratados como compost, hierba o incluso lana.
Fertilizantes: el origen de las plagas
Existe una relación directa entre el exceso de fertilizantes y la aparición de insectos. Colino afirma que «estos abonos son los responsables de prácticamente todas las plagas que tenemos». Al utilizar de forma explosiva el famoso NPK (Nitrógeno, Fósforo, Potasio), las plantas acumulan un exceso de aminoácidos y azúcares libres. Los insectos se ven atraídos por este «caldo de cultivo» para sintetizar sus propias proteínas, aumentando su fertilidad y longevidad. Este fenómeno es conocido como trofobiosis.
La agricultura ecológica no busca inventar nada nuevo, sino replicar los mecanismos de regulación de la propia naturaleza. «La observación es fundamental. La naturaleza lo tiene todo inventado y bastante contrastado», señala Colino. El coste de ignorar estos procesos naturales no es solo ecológico, sino también económico. Se estima que, a nivel mundial, las pérdidas anuales derivadas del uso excesivo de fertilizantes y las plagas asociadas alcanzan los 220.000 millones de dólares. En definitiva, en la salud de nuestra tierra, «menos es más».
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