Con motivo del Día Internacional contra la Violencia y el Acoso Escolar, suele ser habitual poner la mirada en las dos figuras principales: quien ejerce la violencia y quien la padece. Sin embargo, cuando una situación de maltrato se prolonga en el tiempo dentro de un colegio, no se trata únicamente de un conflicto entre dos menores. Algo está fallando en el entorno del menor, un espacio en el que intervenimos activamente las familias, el profesorado, los centros educativos y el sistema en su conjunto.
Los datos del informe de la Fundación ANAR señalan que el 14% del alumnado conoce algún caso de acoso o ciberacoso en su aula. La cifra más preocupante indica que casi 3 de cada 10 casos presenciales se extienden durante más de un año, sin que nadie logre frenarlo. Además, casi un 30% de los estudiantes cree que pedir ayuda a un profesor o a su familia les traerá más problemas, lo que evidencia una falta de confianza en la respuesta del mundo adulto.
El peso del entorno y la falta de intervención
Un estudio realizado en Canadá mediante la instalación de cámaras y micrófonos en patios escolares reveló que los adultos solo intervinieron en 1 de cada 25 situaciones de acoso. Aunque estaban presentes físicamente, no detectaron el conflicto o no lo consideraron grave.
A menudo, las situaciones de acoso comienzan con gestos cotidianos a los que no se les da importancia: motes, risas tras una intervención o exclusión en los juegos. Al minimizarlos bajo el argumento de que «son cosas de niños», el mensaje implícito que recibe el menor es que ese trato hacia su persona está permitido. Por su parte, el profesorado señala barreras estructurales para responder a tiempo: los docentes demandan más recursos, menos burocracia y mayor formación para gestionar estos casos con agilidad.
Acciones concretas para familias y educadores
Para revertir esta dinámica, la intervención debe comenzar en la rutina diaria. En el hogar, es fundamental cuidar el ejemplo que damos, ya que la manera en que nos dirigimos a los demás o criticamos a otras personas es observada e imitada por los menores. Asimismo, si un hijo cuenta un problema, resulta vital validar sus emociones y actuar junto al centro educativo, evitando respuestas defensivas o simplistas como «defiéndete» o «pasa de ellos».
Por otro lado, es imprescindible atender el papel de los testigos, dado que suele haber más observadores que agresores directos. En el ámbito escolar, el profesorado debe mantener una presencia más activa en espacios críticos como comedores, pasillos, recreos y cambios de clase para atajar conductas inadecuadas desde su origen. Finalmente, para iniciar una conversación diferente, se propone cambiar la pregunta habitual («¿Te molesta alguien?») por una formulación más abierta: «¿Hay alguien en tu clase que lo esté pasando mal?», lo que facilita que los menores hablen del entorno sin sentirse expuestos directamente.
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