El tomate es, sin duda, el rey de las huertas veraniegas y el protagonista indiscutible tanto en los terrenos tradicionales como en los huertos urbanos de los balcones. Sin embargo, en la cornisa cantábrica, su manejo requiere de cierta destreza. Como explica Ion Colino, de Areitz Soroa, en los micrófonos de Radio Popular-Herri Irratia, «el tomate no se ha adaptado bien todavía; lleva aquí desde el siglo XVI, pero en nuestra zona, donde hay bastante humedad, sigue siendo una planta delicada». Tras un arranque de mayo complicado, las previsiones de buen tiempo abren ahora la ventana perfecta para su cultivo.
La importancia de elegir variedades testadas
Para asegurar el éxito de la cosecha sin recurrir a tratamientos químicos agresivos, la clave principal reside en la selección de la semilla. Colino aconseja huir de las variedades de tipo delicatessen por la gran cantidad de cuidados que conllevan y apostar firmemente por variedades locales o testadas en nuestra comunidad.
Una de las opciones más recomendadas por el experto es el San Michel (de Iparralde). «No es un tomate grande, pero funciona muy bien, es crujiente, sabrosísimo y ofrece una explosión de sabores», destaca. Junto a él, sobresalen otras opciones clásicas y resistentes a enfermedades como la Echavaleta, el Huevo de Toro, el Tres Cantos, el Marmande o el Corazón de Buey. Para los que buscan algo diferente, el Evergreen se presenta como una alternativa ideal que se consume directamente en verde.
Una hoja de ruta preventiva contra los hongos
El clima húmedo del Cantábrico es el caldo de cultivo ideal para las enfermedades fúngicas. Para combatirlas en la agricultura ecológica, el secreto es la anticipación mediante una hoja de ruta cada 15 días, priorizando productos de bajo perfil para no dañar el suelo ni los microorganismos que existen en él.
El primer hongo en aparecer suele ser el Oidio, reconocible como una pelusa blanca. Para este caso, el tratamiento idóneo es el azufre. Tras el Oidio o la Alternaria, puede llegar la Phytophthora infestans (Mildiu), que tiñe el tallo de negro. «Si llega el Mildiu, el tomate ya estaría perdido», advierte Colino, por lo que la prevención es vital. En este sentido, el uso de bicarbonato, la cola de caballo (rica en cobre) o depredadores naturales como la Trichoderma y el Bacillus subtilis son excelentes aliados.
Respecto a las soluciones tradicionales, el experto lanza un aviso: aunque el famoso caldo bordelés (sulfato de cobre con cal hidratada) está admitido en la agricultura ecológica, un uso habitual y excesivo termina contaminando el suelo y matando las bacterias beneficiosas. Como truco final, aconseja utilizar esencia de pino, que ayuda a fijar los tratamientos en la planta y hace que resistan mucho mejor a la lluvia.
Paciencia ante todo: el calendario manda
La ansiedad por plantar suele ser el peor enemigo del horticultor. Este año, el frío y las lluvias de principios de mayo provocaron que muchas plantas sufridas en la semana de San Isidro se bloquearan, perdiendo la capacidad de absorber nitrógeno y fósforo y tornándose amarillas.
«Antes de mayo, aquí al menos, yo no aconsejaría que la gente ponga tomates», subraya de forma tajante el especialista. Aunque en el mes de abril puedan venir días calurosos que despierten las ganas de cultivar, plantar a la intemperie de forma prematura suele acabar en la necesidad de replantar. Los meses tempranos quedan reservados exclusivamente para los cultivos protegidos en invernaderos o túneles. Esta segunda mitad de mayo, con la subida de las temperaturas, es el momento real en el que los tomates empezarán a tirar con fuerza.
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