Perder a una mascota: cómo afrontar un dolor que todavía se minimiza

La pérdida de una mascota puede alterar profundamente las rutinas y las emociones, o provocar sentimientos de culpa

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Sheila Sánchez: «Hay que acompañar el duelo por una mascota para que el dolor no quede enquistado

Cuidando a la mascota / Depositphotos

La pérdida de un animal de compañía puede provocar un dolor profundo que no siempre encuentra comprensión en el entorno. Sheila Sánchez, auxiliar de veterinaria y acompañante especializada en duelo animal, ha explicado en EgunON Magazine que estas situaciones continúan estando muy desatendidas, pese a que las mascotas forman parte de la vida cotidiana y de la estructura afectiva de numerosas familias.

Su trabajo consiste en ofrecer un espacio de escucha y acompañamiento a quienes atraviesan la muerte, desaparición o separación de un animal con el que habían construido un vínculo muy estrecho.

Una necesidad detectada en el ámbito veterinario

Sánchez comenzó a identificar esta necesidad en 2018, durante su experiencia profesional dentro del sector veterinario. Allí comprobó que los equipos de las clínicas suelen ser quienes comunican las malas noticias y acompañan los últimos momentos del animal, pero no siempre disponen del tiempo necesario para atender emocionalmente a las familias.

Tras perder a una mascota con la que se han compartido diez o quince años, muchas personas regresan a casa sin saber cómo reorganizar su vida. Algunas cuentan con una red familiar o social capaz de comprender su dolor, pero otras se encuentran solas o perciben que su entorno resta importancia a lo sucedido.

Esta falta de reconocimiento puede dificultar la elaboración de un duelo saludable y hacer que el malestar reaparezca posteriormente.

Un vínculo construido mediante años de rutinas

La especialista considera que el dolor no depende de que el ser querido pertenezca o no a la especie humana. La ausencia se produce después de años de compañía, cuidados, paseos, horarios compartidos y gestos cotidianos que desaparecen de manera repentina.

La situación puede ser especialmente intensa cuando el animal ha padecido una enfermedad crónica o ha necesitado cuidados paliativos. Durante meses, la persona responsable puede haber organizado su jornada alrededor de la medicación, las visitas veterinarias o la atención nocturna. Cuando el animal muere, toda esa actividad desaparece de golpe y deja un vacío difícil de gestionar.

Para Sánchez, el objetivo no consiste en olvidar el vínculo, sino en reubicar el cariño y encontrar una nueva manera de mantener el recuerdo sin que el dolor impida continuar con la vida cotidiana.

Sesiones adaptadas a cada persona

El acompañamiento se realiza mediante sesiones individuales de entre 50 minutos y una hora. En el primer encuentro, Sánchez analiza el momento del duelo en el que se encuentra la persona y las necesidades concretas que presenta.

No todos los casos requieren el mismo seguimiento. Algunas personas necesitan principalmente desahogarse y ordenar lo ocurrido, mientras que otras precisan varias sesiones para trabajar emociones como la tristeza, la ira, la ansiedad o la culpa.

El proceso se adapta a cómo llega la persona en cada encuentro. La escucha, la validación emocional y la ausencia de juicios constituyen la base de unas sesiones en las que también pueden plantearse ejercicios para realizar posteriormente.

La culpa en las pérdidas repentinas

Las muertes inesperadas suelen generar un impacto diferente al de aquellas que llegan después de una enfermedad prolongada. Cuando se produce un accidente o fallece un animal joven, la familia puede entrar en estado de shock y comenzar a revisar constantemente lo ocurrido.

Aparecen entonces pensamientos relacionados con lo que se podría haber hecho de otra manera. La persona se pregunta si habría evitado el desenlace cambiando un paseo, una decisión o un horario. Sánchez advierte de que esta culpa puede convertirse en una forma de autocastigo y provocar consecuencias emocionales a largo plazo.

El acompañamiento permite expresar estos pensamientos, revisar las responsabilidades reales y comprender que no siempre es posible controlar las circunstancias que rodean la muerte.

Rituales para cerrar una etapa

Los rituales de despedida pueden resultar útiles para integrar la pérdida. Guardar las cenizas, preparar un rincón de recuerdo, acudir a un cementerio de animales o celebrar un pequeño homenaje son decisiones personales que deben respetarse.

Sánchez también recurre a la escritura terapéutica, mediante cartas dirigidas al animal, y a ejercicios de meditación que ayudan a cerrar el ciclo. Estas herramientas pueden adquirir una importancia especial cuando el animal ha desaparecido y no existe la certeza de que haya muerto.

En esos casos se produce un duelo sin cierre claro, porque la familia continúa esperando un posible regreso. Crear un ritual simbólico puede ayudar a aceptar la nueva realidad sin eliminar por completo la esperanza o el recuerdo.

Adoptar otro animal no debe servir para ocultar el dolor

Una de las recomendaciones habituales tras una pérdida es incorporar rápidamente otro animal a la familia. Sin embargo, Sánchez señala que esta decisión debe tomarse cuando la persona esté preparada y no como una forma de tapar el vacío.

Un nuevo animal no sustituye al anterior y necesita construir su propia relación con la familia. Adoptar demasiado pronto puede provocar comparaciones constantes, rechazo o una sensación de culpa que perjudique tanto a la persona como al nuevo integrante del hogar.

Antes de dar ese paso, conviene haber expresado la tristeza, el enfado y el resto de emociones relacionadas con la pérdida.

Honestidad para hablar con los niños

En el caso de los menores, la especialista recomienda explicar lo ocurrido con sinceridad y utilizando un lenguaje adaptado a su edad. Expresiones como que el animal se ha marchado de viaje pueden generar confusión, hacer que el niño espere su regreso o que se pregunte por qué ha decidido abandonarlo.

Los cuentos ilustrados y otros recursos educativos pueden facilitar la conversación y ayudar a comprender la muerte. También es importante permitir que los menores participen en la despedida y expresen sus preguntas y emociones.

El duelo también aparece sin una muerte

La ausencia de una mascota no siempre se produce por fallecimiento. Una separación de pareja, una mudanza o un cambio familiar pueden hacer que una persona deje de convivir con el animal y tenga que adaptarse a una realidad completamente diferente.

Cuando una expareja se queda con la mascota, también existe un proceso de duelo. Mantener algún tipo de contacto puede facilitar la transición cuando la relación entre ambas partes lo permite, pero la persona debe asumir igualmente la pérdida de las rutinas y de la convivencia diaria.

Sánchez desarrolla buena parte de su acompañamiento de forma online, una modalidad que le permite atender a personas de diferentes lugares. Aunque todavía es un servicio poco conocido, considera que irá adquiriendo mayor presencia a medida que la sociedad reconozca el papel emocional que los animales ocupan dentro de las familias.


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