La vuelta de las vacaciones no siempre supone regresar descansado y con las pilas cargadas. Septiembre puede hacer más visibles problemas laborales que ya estaban presentes antes del verano, como la sobrecarga, la falta de desarrollo profesional o la desconexión con el equipo. Amira Bueno, directora de Recursos Humanos de Cigna Healthcare España, ha analizado en EgunOn Magazine las señales que permiten distinguir la adaptación normal a la rutina de situaciones que requieren una mayor atención.
Unos días de adaptación son normales
Tras un periodo de descanso es habitual necesitar varios días para recuperar horarios, hábitos y ritmo de trabajo. Bueno ha explicado que esa dificultad inicial no tiene por qué interpretarse como un problema laboral, especialmente después de haber conseguido desconectar y adaptarse durante las vacaciones a una rutina diferente.
La situación cambia cuando, con el paso de las semanas, persisten el cansancio, la irritabilidad, la falta de concentración o la ausencia de motivación. En esos casos conviene analizar con más profundidad qué puede estar provocando ese malestar.
Las vacaciones también pueden actuar como un periodo de distancia que permite observar la relación con el trabajo desde otra perspectiva. Determinadas situaciones que se han normalizado durante meses pueden resultar mucho más evidentes después de haber desconectado, desde una pérdida de motivación hasta la sensación de que determinados aspectos del puesto ya no encajan con las expectativas personales o profesionales.
Uno de cada tres ya busca otras oportunidades
El estudio de Cigna Healthcare citado durante la entrevista refleja que uno de cada tres ciudadanos en el Estado ya está buscando nuevas oportunidades laborales, mientras que tres de cada diez consideran que su trabajo resulta estresante con demasiada frecuencia.
Bueno ha pedido interpretar estos datos con perspectiva. Buscar otro empleo no significa necesariamente que una persona vaya a abandonar inmediatamente su puesto ni que exista un profundo descontento. También puede responder a un momento vital en el que se está abierto a conocer nuevas oportunidades.
Para las empresas, sin embargo, estos movimientos plantean una cuestión importante: qué están ofreciendo para conseguir que las personas quieran permanecer en la organización, más allá de asumir que conservar el empleo implica necesariamente estar satisfecho.
Los cambios de comportamiento pueden ser una señal
Más que fijarse en comportamientos aislados, los responsables de los equipos deberían observar cambios en los patrones habituales de los trabajadores. Una persona que antes mostraba iniciativa y comienza a limitarse a cumplir únicamente con lo imprescindible, participa menos, expresa mayor frustración o pierde interés por los proyectos puede estar mostrando señales de desconexión.
La especialista ha defendido que estas situaciones no deben utilizarse para etiquetar al trabajador, sino para intentar comprender qué está ocurriendo y comprobar si existen cambios que puedan ayudar a revertir el problema.
En este contexto, la comunicación adquiere especial importancia. Preguntar cómo se encuentra alguien no debería quedarse en una fórmula de cortesía. Las empresas necesitan generar espacios en los que responsables y equipos puedan mantener conversaciones con algo más de profundidad y detectar posibles dificultades antes de que se agraven.
Pequeños cambios que no requieren grandes inversiones
Mejorar el bienestar laboral tampoco tiene que implicar necesariamente grandes desembolsos económicos. Bueno ha señalado que algunos de los cambios con mayor impacto pueden encontrarse en la propia organización cotidiana del trabajo.
Revisar procesos que generan sobrecarga, simplificar tareas o replantear determinadas dinámicas de reuniones puede hacer el día a día más sostenible. Las reuniones excesivamente largas, por ejemplo, terminan reduciendo el tiempo disponible para desarrollar precisamente el trabajo que se ha abordado durante ellas.
También resulta importante conceder autonomía a los equipos para revisar procedimientos que se mantienen únicamente porque siempre se han hecho de la misma manera. Dar confianza para proponer cambios y simplificar procesos puede favorecer tanto la autonomía como una mayor sensación de calma en el trabajo.
Prioridades claras para combatir la sensación de sobrecarga
La distribución de las cargas de trabajo es otro de los elementos fundamentales. En organizaciones donde existen múltiples prioridades, la percepción de desigualdad puede aumentar especialmente cuando unos trabajadores sienten que soportan una carga mucho mayor que otros.
Por ello, establecer prioridades de manera transparente dentro del equipo ayuda a mejorar la percepción de equidad. La comunicación también permite conocer mejor las cargas reales, ya que no todas las personas expresan la presión laboral de la misma manera.
Este problema puede intensificarse en septiembre, cuando proyectos, correos, reuniones y asuntos pendientes parecen convertirse de repente en urgentes. Ante esa acumulación, resulta necesario ordenar el trabajo, determinar qué puede esperar y establecer qué tareas deben abordarse primero.
Permanecer en una empresa no significa estar satisfecho
La vuelta de las vacaciones puede servir además para retomar conversaciones sobre expectativas, objetivos y desarrollo profesional, aunque Bueno considera que estos asuntos no deberían limitarse a septiembre.
El seguimiento de los objetivos, las dificultades encontradas y el apoyo que necesita cada trabajador debería formar parte de un proceso continuo durante todo el año. Esa percepción de avance y desarrollo influye directamente en la autorrealización y en la sensación de ser capaz de cumplir los objetivos profesionales.
La especialista también ha advertido sobre el riesgo de llevar demasiado lejos el concepto de resiliencia. Los entornos laborales exigen una capacidad constante de adaptación, pero no toda la responsabilidad puede recaer en que el trabajador soporte indefinidamente esa presión.
Las organizaciones también deben preguntarse cómo pueden adaptar sus procesos y su forma de trabajar. Los esfuerzos extraordinarios pueden ser necesarios en determinados momentos, pero convertirlos en la dinámica habitual termina afectando a las personas, a la propia empresa y a sus resultados.
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